Algo en común
RELATO
4/10/202412 min read
Cuando pienso en su niñez, la contemplo en su habitación con los ojos puestos en la luna brillante al otro lado del tragaluz. Haciéndose preguntas sin cesar: «¿Por qué el aire no tiene sabor?». «¿Qué hay más allá del cielo?» «¿Qué tal si todos vivimos en una caja de muñecas?». También la veo lanzando piedras al lago para hacerlas rebotar muchas veces en el agua antes de hundirse. Chap, chap, chap. Dando vueltas en el jardín hasta perder el equilibrio y caer de espaldas sobre la hierba. Devorando algodones de azúcar de color turquesa que se derretían en su boca hasta volverla azul. Pedaleando en bicicleta por las calles de Madrid con sus Walkman mientras escuchaba alguna pieza de mi vieja colección de cassettes. En los asientos del autobús escolar riendo junto a Bianca, la chica de las ideas distintas y de flores en el cabello. Pero si lo pienso un poco más, también la veo esforzándose por sonreír. Llorando durante las noches hasta quedarse dormida. Despertando en las madrugadas con el pulso acelerado y el cuerpo empapado en sudor por culpa de las pesadillas, solo para correr y esconderse en el armario porque le parecía un sitio de lo más seguro.
Claro que me siento culpable. ¿Quién no lo haría en mi lugar? Yo era su madre, debía ser responsable por ella. Estar en su vida, guiarla y acompañarla en su camino para ayudarle a visualizar su propósito. En cambio, me quedé a la mitad del mío, permaneciendo como un misterio incompleto, incluso para mí misma. Pero tuve mis razones: nunca logré entender la vida. Algo que Ana y yo ahora tenemos en común.
Solo una vez sentí la imperiosa necesidad de hablar con ella acerca de mi enfermedad. Fue una mañana en pleno invierno, en la que todo lucía normal. Las cosas estaban en su lugar y Lucas se había levantado temprano para tomar una ducha. Las ventanas estaban cubiertas por una capa de hielo delgado y al otro lado del cristal solo se distinguían los copos de nieve revoloteando como pequeñas mariposas cuando Ana se metió a nuestro dormitorio para brincar en la cama.
—Mami, mami, mami…, tengo hambre.
Lancé un bostezo.
—Buenos días, enana. ¿Qué quieres desayunar?
—Panqueques.
No le dije nada y solo la abracé. Quería quedarme ahí por siempre.
—¿Mami? —insistió.
¿Cómo se le explica a una niña que hay días en los que la vida pesa demasiado?
—Cinco minutos Ana, dale cinco minutos a mami.
Me miró con una expresión de desconcierto que me hizo llorar.
—¿Estás triste? —Más lágrimas—. ¿Por qué?
—A mami le duele la pancita —mentí.
Ella me observó por unos instantes y luego recargó su cabeza sobre mis costillas antes de acariciar mi vientre con sus pequeñas manos, justo como lo hacía yo cuando se lastimaba alguna parte del cuerpo.
—Vamos cariño, mami no se siente bien, déjala descansar —dijo Lucas antes de guiñarme un ojo. Su cabello estaba mojado y llevaba una toalla amarrada a la cintura. Olía tan bien—. ¿Quién quiere panqueques? —preguntó después de vestirse con una camisa blanca y unos jeans azules que combinó con su suéter de lana favorito.
—¡Yo! —Se escuchó como un gatito.
Entonces la cargó para llevarla abajo.
Ver la silueta de su cabeza recargada sobre el hombro de su padre mientras la alejaba de mí, con su cabello rubio alborotado, sus mejillas redondas y rosadas como pequeñas ciruelas y sus ojos atravesándome, me hizo querer ir tras ella con desesperación, pero la tristeza que me tenía anclada a la cama me impidió mover músculo. No sabía qué más hacer, lo había intentado todo: medicamentos, terapias y tratamientos a la vanguardia, así que sin otra salida, esa mañana me quité la vida después de ingerir las pastillas que mi psiquiatra me había recetado como un nuevo ensayo para atacar los episodios depresivos, cada vez más agresivos y persistentes. Lo hice cuando el último rastro de vapor que había salido del baño todavía flotaba en el piso de la habitación. Lo hice sabiendo que mi decisión dejaría una marca imborrable en la vida de Ana y que engulliría de una manera violenta el corazón de Lucas, dejándole la sensación amarga que acompaña a todos los «y si» que siempre llegan para acosarte cuando ocurre algo trágico, solo para que nunca dejes de preguntarte si es que acaso pudiste haber hecho algo para evitarlo. Cuando pensé en mis padres, estaba segura de que mi decisión sería un alivio para los dos. Por fin los liberaría de la carga en la que me convertí desde que perdí la alegría de vivir. Me equivoqué.
Recuerdo mucho una mañana cuando fueron a verme a la casa porque yo llevaba varios fines de semana cancelándoles los planes que teníamos para almorzar juntos. Como siempre, Lucas les abrió la puerta, los recibió con una sonrisa y después de una larga charla en el salón finalmente lo escuché decir que yo estaba arriba. Segundos después, un silencio ensordecedor se instaló dentro de la casa corrompido solo por sus pasos subiendo las escaleras. Fingí estar dormida, pero eso no les impidió entrar en mi habitación y mientras mi padre corría las cortinas para que la luz del sol iluminara el interior, mi madre se sentó a la orilla de la cama y me acarició el pelo.
—Lisa, sé que no quieres hablar con nosotros y está bien, solo tienes que escuchar, ¿bien? —Me removí incómoda antes de girarme hacia el otro lado y darle la espalda—. Tu padre y yo hemos estado pensando mucho en lo que dijiste el otro día… Quizá el problema es precisamente ese. Que intentes «descifrar» la vida. No es un acertijo. Créeme, todos le hemos dado vueltas al asunto por lo menos una vez. La vida tendrá el sentido que tu quieres que tenga. Sí, es irónico porque sé que en los últimos años te has dedicado con mucha determinación a salir adelante, pero la vida también es lo que te está ocurriendo ahora y no puedes seguir así. Tienes a Ana, ella te necesita.
La tuve que detener ahí.
Abrí los ojos y la miré. Tenía la vista nublada, pero lucía resplandeciente como siempre, al contrario de mi padre que tenía la piel pálida, ojeras y el rostro desmejorado por la preocupación.
—Lo sé, mamá…, es solo que estoy demasiado cansada.
Ella sonrió, ahuecó las almohadas y me dió un beso en la frente.
—Sí, sí, claro. Te dejaremos dormir. Tal vez en la noche podamos ir a cenar, ¿qué te parece? Abrieron un nuevo restaurante en el centro que estoy segura que te encantará.
Apenas pude sonreírle, era como si tuviera los labios de alambre.
Mi padre me miró del otro lado de la habitación con una expresión pétrea. Creo que fue el único capaz de percibir que no, no estaba hablando exactamente de ese tipo de cansancio, pero no dijo una palabra. Tampoco parecía muy apropiado aclarar que lo que su hija había querido decir era que había perdido las fuerzas para seguir adelante, porque el solo pensarlo era aterrador. En mi adolescencia, las salas de emergencia de los hospitales se convirtieron en nuestro segundo hogar, yendo y viniendo para contener mis tercos impulsos de autodestrucción. Pero una cosa es ver a alguien que amas caminar por el borde de una azotea y otra muy distinta, presenciar cómo se queda quieta en medio de la calle cuando un automóvil va hacia ella a toda velocidad. De modo que, escucharlo guardar silencio no fue una sorpresa. Él y Lucas parecían ser los únicos que entendían que intentar separarme de mi enfermedad era como coger tiras de plastilina de diferentes colores, mezclarlas hasta formar una masa gris y después querer recuperar los tonos originales: imposible y completamente inútil. Ellos me amaban como era, sin una intención oculta de cambiarme. Sin embargo, no sentía enfado hacia ella. A decir verdad, sentía lástima, porque con una obstinación sin igual, el deseo de que su hija fuera diferente persistió hasta el final, junto a la gran pregunta: «¿Por qué?». Dos palabras que permanecen en la mente de aquellos que todavía me recuerdan a pesar de los años. «¿Por qué Lisa decidió morir?». Me gustaría decirles: «Pues porque sí. Porque dejé de dar vueltas al asunto y me arranqué la vida como quien tira de una bandita después de días de llevarla sobre la piel».
¿Las cosas pudieron haber sido diferentes? ¿Estaba predestinada a quedarme en mis treinta por siempre? ¿Acaso existe el destino?
Pese a los esfuerzos de mis padres, nunca fuí una mujer religiosa. Leí la Biblia, sí. Especialmente en mis veintes, cuando creía que ahí encontraría las respuestas sobre lo que me sucedía. Pero cuando me vi más confundida que antes y con una tremenda culpa por la naturaleza de mis pensamientos y sentimientos, dejé de hacerlo. De la misma forma en la que también me rehusé a volver a la iglesia con mis padres, que terminaron por aceptarlo después de semanas y semanas de insistencia. Cuando conocí a Lucas, esa parte de mi vida, como muchas otras, comenzó a tener otro sentido. Él me enseñó que una vida espiritual era mucho más valiosa que ir a una opulenta iglesia a rezarle a un hombre que, francamente, siempre me pareció un desconocido. Por lo que crear nuestro propio concepto de Dios se convirtió en un juego divertido con el que solíamos entretenernos cuando la cerveza se nos subía a la cabeza. Yo acostumbraba a representarlo como una deidad femenina, con alas de hada y cuerpo etéreo, mientras que a él le gustaba imaginar que era un ser fluido, con capacidad de convertirse en todo aquello que quisiera, incluyendo animales e insectos. «Es todopoderoso ¿cierto?, no veo porqué habría de tener una sola forma» decía orgulloso. Y aunque en ese entonces Ana era muy pequeña para entenderlo, ella también comenzó a establecer sus propias ideas, sobre todo desde que le inculcamos la creencia en una fuerza superior. Una fuerza que podría tener la forma que ella quisiera y con la que podía hablar cada vez que sintiera la necesidad. Claro que, eso no fue suficiente. ¿Cómo podría? Los niños necesitan a sus padres, no a un ente que los observa desde la distancia.
En una ocasión, entre esas tantas desveladas que Lucas y yo llegamos a compartir, mucho antes de que Ana siquiera fuera un grupo de células multiplicándose en mi interior, le confesé mi secreto: «creo que moriré joven» y antes de que pudiera responderme, le hice prometerme que jamás le permitiría a mi madre hacerme un velorio, mucho menos una misa. «Si llega el día en que no lo logre, quiero que mi despedida sea rápida», a lo que él solo asintió con la cabeza antes de besarme en los labios.
Lástima que mi madre le hizo imposible mantener su promesa.
Si rebobino la película hasta llegar a la escena de mi velorio que tuvo lugar en la casa que Lucas y yo compramos después de casarnos, todavía puedo ver mi impoluto ataúd expuesto vulgarmente como centro de mesa, rodeado de cirios, claveles blancos y una cruz de plata brillando sobre él. Y creo que esa fue la cerilla que terminó de encender el fuego que comenzó a distorsionar el mundo de mi hija como las ondas de calor en verano, mientras que a Lucas lo redujo a un montón de cenizas. Así lo veo yo: cuando me convertí en un recuerdo, el estropicio fue irremediable. Ya no había cabida para una remota posibilidad de recuperarme. Antes, él y Ana podían acostarse a mi lado en la cama durante los días complicados para compartir un tazón de palomitas de maíz y una jarra de ginger ale mientras veíamos películas animadas. Sin embargo, a partir de ese momento, nada volvió a ser igual.
Durante el primer año, Lucas intentó ser tan duro como un diamante por nuestra hija, pero como dije antes, ponerle una capa de superheroína a una niña tan pequeña es un error. No se puede salvar a nadie que no desea ser salvado. De forma que de a poco, él y Ana se fueron consumiendo en el incendio que mi decición había comenzado.
Como sucede cuando lidias por años con una hija que tiene depresión, mis padres no se sentaron a esperar a que las condiciones mejoraran para su nieta. No estaban dispuestos a que la historia se volviera a repetir. No permitirían que su retrato familiar volviera a ensuciarse con otro manchón, pero esta vez a causa de la integrante más pequeña de la familia Jiménez, (aunque su apellido fuera Fernández), así que, sin pensarlo dos veces, lo demandaron por la custodia. Un juicio que ganaron con facilidad, ya que a los servicios sociales les bastó con echar un vistazo a la casa para saber que Ana no se encontraba en buenas manos.
Pero el daño ya estaba hecho. Y Ana comenzó a encerrarse en sí misma.
Al volver del colegio, siempre se iba directo a su habitación, miraba debajo de su cama, extendía los brazos y sacaba la caja de zapatos forrada con papel de colores en donde guardaba el regalo que le obsequié en su quinto cumpleaños: mi vieja colección de cassettes con piezas musicales de Queen, The Beatles, Joe Cocker, Barry White, Aretha Franklin, Janis Joplin, Chuck Berry y por supuesto ABBA. Elegía uno al azar, se colocaba los audífonos de diadema con almohadillas de los walkman que había conseguido en una tienda de antigüedades, se recostaba en el suelo, subía todo el volumen, apretaba el botón y magia… Sus pensamientos se difuminaban al ritmo de sus melodías favoritas.
Los auriculares son un excelente escudo de defensa para protegerte de todo lo que duele y lastima. Dentro y fuera de casa. En la escuela todo empezó cuando al entrar en la secundaria sus compañeros decidieron que tenía alguna clase de enfermedad contagiosa: si entraba en el baño, las demás chicas intercambiaban un par de miradas antes de salir hablando a lo bajo, como si conspiraran. Cuando tomaba asiento en alguna mesa del comedor, todos se levantaban sin siquiera terminar la comida servida en las charolas. En clase nadie compartía el pupitre con ella y cuando llegaba el momento de formar parejas para hacer un trabajo, Ana siempre era la chica por la que nadie gritaba su nombre.
¿Cuándo ocurre algo así? ¿En qué instante un niño toma conciencia de que otro es diferente y comienza a rechazarlo? ¿Es por una mueca, una mirada, una palabra que se dice sin pensar? Ana nunca lo supo, pero tampoco se quebró la cabeza intentando averiguarlo y solo hizo lo que solía hacer en casa: se refugió en la música. Llevaba siempre la diadema sobre la cabeza, como si fuera una extensión de su propio cuerpo y solo se la quitaba al entrar en clase o cuando tenía que responder alguna pregunta imposible de evadir. Al menos así fue hasta que una chica nueva llegó a la mitad del curso sujetando con fuerza las asas amarillas de su mochila.
—¿Puedo sentarme aquí?
Ana levantó la vista en busca de esa voz y se encontró con la sonrisa afable de la chica con piel de ébano que en adelante iba a convertirse en su mejor amiga.
—Sí.
—Me llamo Bianca, ¿y tú?
—Ana.
—¿Quieres un poco de pastel de calabaza? —Extendió el brazo e insistió para que aceptara un trozo. Lo cogió. Después, ella se sentó a su lado y sacó sus cosas, consiguiendo que mi hija volviera a sonreír.
¿No es maravilloso cómo algo en apariencia insignificante puede suponer tanto para otra persona?
Pero incluso a pesar de Bianca, Ana continuó perdiendo su luz. Lucas vivía en una dimensión aparte y sus abuelos estaban metidos en asuntos importantísimos todo el tiempo. Imagina que por un lado estás a cargo de una niña bien portada, que lleva buenas notas en la escuela y cuyo pasatiempo favorito es escuchar música, mientras que por otro, diriges uno de los corporativos de viajes más exitosos de la ciudad, el cual exige una cantidad exacerbada de atención. Exacto… Ella nunca tuvo oportunidad.
Entonces, ¿qué sucede con la vida de una niña cuya madre apagó su vida como quien sopla las velas de un pastel de cumpleaños y cuyo padre terminó a la deriva tras una tormenta de culpa y tristeza?
Sucede que se rompe en varias piezas. Sucede que arrastra una maleta cada vez más pesada y cuando cumple la edad suficiente para entender la realidad, llega la devastación, una que no cualquiera es capaz de enfrentar. Sucede que lo pierde todo.
Sucede que repite mi historia.
Mi madre solía decir que su nieta Ana nació en el momento perfecto. La percibía como un arcoiris vibrante que le otorgaría el color necesario a mis días grises, como una superheroína cuyo propósito de vida era darle sentido a mi mundo. Ella y papá tenían la esperanza de que sería la solución definitiva para erradicar mis problemas anímicos que desde los quince años hacían que levantarme de cama fuera una tarea titánica. Y creo que esas expectativas supusieron una presión demasiado intensa que terminó por abrir una brecha irreparable entre nosotras. Porque yo nunca podría ser la madre que ella merecía. Que ella necesitaba.
Ana era muy dulce y con una sonrisa tan irresistible que contagiaba a todas las personas que la miraban de cerca. Mi padre la contemplaba con admiración cada que la tenía entre sus brazos, como quien encuentra una vela en medio de un apagón. Mamá se dirigía a ella llamándola como algún día me llamó a mí antes de que mi brillo se extinguiera: «mi estrella», y Lucas, su padre, bueno, nunca lograría describir con palabras lo mucho que se desvivía por nuestra hija desde que nació. «Eres como la música, cariño —le aseguraba—, sin ti mi vida sería un error».
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