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ESTO DE VIVIR
8/28/20255 min read


¿Por qué los seres humanos hacemos eso? ¿Por que nos alejamos de las personas que nos aman cuando más los necesitamos? Como una mascota moribunda que se esconde bajo la cama para que nadie lo vea coger su último aliento. Es estúpido. No solo el animal muere solo, sino que los demás no dejan de preguntarse si pudieron haber hecho algo para evitarlo. En fin. El punto es que verlo arrancar de cuajo la costra que el tiempo había ido sanando en su vida para dejar la herida expuesta otra vez, no mejoró las cosas, sino que las empeoró. Lo convenció de que la historia que se contaba a sí mismo desde hacía años era cierta, y en su mundo ya no hubo espacio para nada más que para la decepción, la culpa, el enojo, la frustración y la autocompasión. O quizá nunca lo hubo. Y lo que pensé que era el recibidor de su corazón, solo era el porche. No lo sé. Lo que sí sé, es que siempre estuve equivocada. ÉL no se marchó. No se rindió. Y tampoco me dejó sola. Porque la verdad es que nunca estuvo a mi lado.
Eso pasa cuando a quien amas carga una mochila tan pesada en su espalda. No camina al mismo ritmo que tú y no tiene las mismas ganas de averiguar qué le depara el futuro, porque su mente está en el dolor de su cuerpo y su corazón en el deseo de dejarlo atrás. Y lo curioso es que nadie lo obliga a llevarla consigo, sino que ÉL es el que se empeña en aferrarse a esos recuerdos que lastiman, culpas que hunden y heridas que supuran. Lo aprendí a la mala: lo agotador no fue verlo hacerse daño a sí mismo, sino esperar que, de un momento a otro, cambiara de opinión, como si mi presencia en su vida, como si mi mano tomando la suya, pudiera hacerle ver que el esfuerzo valía la pena… Y lo intenté, vaya que lo intenté. Me convencí de que si me quedaba un poco más..., si era más paciente..., si amaba con más fuerza..., entonces tal vez lograría que soltara esa mochila que no le dejaba avanzar. Me equivoqué.
Hoy, al mirar mi celular por la mañana para ponerme al día con las notificaciones, correos y todos esos pendientes que tienes al formar parte de las redes sociales, descubrí un mensaje de un ex ¿«amigo», «amante»? Bah. Su etiqueta no importa. Lo relevante es lo que decía. Quería compartir una noticia conmigo. Uno de sus más grandes sueños se había vuelto realidad. Su sueño de marcharse a otro país. La noticia no solo me tomó por sorpresa, sino que me revolvió por dentro. Recuerdos. Emociones. Deseos. Todo. Porque ÉL no era una persona cualquiera, no. ÉL era, es, fue y siempre será una parte muy importante de mi vida, de mi historia. Alguien con quien siempre estaré agradecida por enseñarme lo que no quiero en mi vida. Debo explicarme mejor...
No es que no lo quisiera a ÉL. Por supuesto que sí. Durante meses fue la única persona que quise para mi corazón. Para mi cama. Y para mí. Y aunque nunca me lo dijo diractamente, estoy segura de que él también me quería en su vida. De lo contrario no hubiéramos compartido nuestra vida por casi un año. Pero como querer a veces no es suficiente..., como el amor no es todo lo que necesitamos..., ÉL y yo terminamos tomando rumbos distintos. Si soy honesta, lo más doloroso de nuestro adiós fue hacerlo con el corazón llenito de ÉL. De su risa de cascabeles. De sus ojos verdes. De las huellas que su piel dejó en la mía. Pero sobre todo, de la certeza de que no había decidido soltar mi mano por falta de cariño, sino por falta de ganas. Porque, bueno, la verdad es que ÉL no se sentía merecedor de de mí, ni de todo lo bueno que ocurría en su vida. Y sí. Así de pesado como se lee, lo fue ver que la estrella brillante del amor que una vez compartimos, dejó de volar alto para comenzar a caer con la fuerza de un meteoro, por una creencia. La creencia de que el amor, la amistad y los finales felices eran para todos, menos para ÉL. Porque aunque una de las cosas más difíciles que tuve que hacer mientras estaba con ÉL, fue aceptar que nuestra relación tenía una fecha de caducidad, como conducir un auto de lujo por una calle sin salida, lo peor llegó cuando recibimos la noticia de que su oportunidad de emigrar a otro país se había marchado tan rápido como llegó. Y la razón es simple: su actitud. Esa manera que tuvo de hacerme a un lado y de tratar a todos los que se preocupaban por ÉL, como si hubiéramos dejado de sumar y hubiéramos empezado a restar.
Aceptarlo fue mi verdadera despedida. No la que ocurrió en el portón de mi casa, ni la que sellamos con un beso aderezado por mis lágrimas, sino la que llegó antes, mientras estaba de viaje por Europa, cuando me rendí y entendí que su lucha no era mía. Cuando decidí que yo no tenía que quedarme en ruinas solo porque él no sabía qué hacer con sus escombros.
Pero aún así, no le guardo rencor. Ni siquiera resentimiento. Solo un agradecimiento un poco torcido por mostrarme que puedo querer con toda el alma y aún así sobrevivir al despojo. Por enseñarme que lo que otra persona lleva en sus manos, no me corresponde a mí cargarlo en las mías. Por recordarme que el amor es un jardín, en donde las flores siempre nacerán de la voluntad de la semilla para abrirse al sol. Y por enseñarme que no quiero a nadie que no desee florecer a mi lado. Tan simple y complicado como eso.
Así que sí, leer su mensaje me removió los huesos, también me hizo pensar que tal vez había algo inconcluso. Pero la verdad es que no hay nada pendiente. Mi despedida ocurrió hace mucho, en ese viaje que me dio la distancia necesaria para entenderlo. Y hoy, mientras lo imagino empacando su ropa para una vida que no me incluye, sonrío. Porque yo también estoy empacando lo mío, aunque mi equipaje ya no tenga su nombre.


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