De mudanza...

APUNTES

9/9/20262 min read

Entre rascacielos de cajas, maletas y libros, es inevitable preguntarse si todo lo que hemos sido cabe en el fondo de una bolsa de plástico.

Las mudanzas cargan sobre sus hombros la tristeza de los finales y la incertidumbre de los nuevos comienzos. Si fueran una persona, las imagino ancianas de espíritu nómada, con la espalda encorvada por el peso de cajas selladas con cinta canela y la mirada curtida de quien ha visto demasiadas vidas volver a empezar. Tendrían las manos ásperas de arrastrar muebles por pasillos infinitos y el paso pausado de aquellos que saben que no quieren estar pero aun así se necesita. Un manojo de llaves tintinearían entre sus dedos y llevarían los bolsillos repletos de pequeños objetos que no supimos clasificar. No hablarían demasiado porque su presencia lo diría todo, y mientras nos observan desempacar en silencio, se sentarían en el umbral de nuestro nuevo hogar a esperar que apaguemos la última luz y cerremos la puerta sin mirar atrás.

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Los nuevos inicios tienen muchas caras: una pantalla en blanco desafiándote a descifrar qué parte de ti vas a volcar en ella, un fardo de papeles que te miran desde el escritorio en espera de tu firma, ese silencio absoluto que queda en la sala cuando apagas la televisión y decides, por primera vez en años, escuchar tus propios pensamientos sin interferencias. Pero a menudo olvidamos que los cambios radicales no significan siempre empezar de cero, sino un acto de negociación entre lo que solíamos ser y lo que nos atrevemos a inventar.

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Marcharte de un hogar donde fuiste feliz, descolgar la ropa que hiciste tuya y sentarte a ver las paredes desnudas, son golpes que inevitablemente te hacen llorar. Y lo peor es que no hay un analgésico que podamos echarnos a la boca para adormecer el dolor, porque habita el alma. El corazón. Lo único que queda es adaptarnos al cambio y recordar el «por qué» decidimos irnos. Es un proceso lento, casi demasiado, donde cada día exige arrastrar las piernas un poco más allá de la melancolía, para descubrir que el vacío que nos encoge el pecho, no siempre es un final, sino el espacio necesario para construir algo nuevo: tu independencia.

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Si se logra atravesar una mudanza con relativa dignidad, los siguientes días van rodados hasta la llegada de una nueva rutina en la que todo se acomoda: la ropa, los libros, los zapatos, las mantas, los sentimientos... Te apetece volver a leer, encender velas, salir a caminar, ponerte vestidos, maquillaje y escuchar algo que no sea Folklore de Taylor Swift. Ya has entrado en dinámica y solo queda fluir.

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Desempacar es fácil. Abrir cajas, sacar perfumes, cremas y brillos labiales que encuentran su sitio en una de las repisas del nuevo armario. Ojalá pudiéramos hacer lo mismo con nuestras emociones: colocar la rabia en la balda más alta, donde no estorbe y ordenar los duelos recientes por orden de tamaño, como libros viejos que ya no piensas volver a abrir. Pero adentro, entre los pliegues invisibles del pecho, la organización exige una clase de paciencia que no se resuelve con tijeras de embalar ni con repisas nuevas. Los sentimientos no se doblan con la prolijidad de los suéteres de invierno ni caben en una maleta de mano. De manera que se quedan ahí, sueltos y desordenados en medio de la sala mientras intentamos descifrar cómo se habita una vida que todavía se siente ajena.

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