E. Vance, 1920.

RELATO

10/11/20266 min read

Si tan solo hubiera hubiera dejado el lienzo en aquel bazar, si tan solo hubiera pasado de largo, ahora mismo seguiría creyendo que la vida consiste en nacer, crecer y morir. Pero mi debilidad por los objetos que se niegan a morir en el olvido siempre ha sido más fuerte que mi sentido común, así que en cuanto vi aquel paisaje mediocre de pinos y niebla, no pude contenerme.

El cuadro no prometía gran cosa cuando se lo compré al anciano a un precio ridículamente exorbitante. El marco de madera estaba carcomido en una esquina y la superficie acumulaba décadas de polvo y barniz enmoecido que desdibujaban el motivo central: un bosque sombrío, casi gótico, con un lago brumoso al fondo. Lo apoyé sobre el caballete de mi estudio, con la única intención de devolverle algo de dignidad a una obra olvidada. Así que me armé de paciencia, un hisopo de algodón y una solución suave de disolvente. Al principio, el trapo solo sacó mugre marrón y costras de pintura que habían comenzado a descarapelarse, pero al llegar a la zona central de la tela, donde los árboles debían ser más densos, noté una pequeña silueta trazada con pinceladas perezosas que apenas se alcanzaban a distinguir del resto del paisaje. Cogí mis gafas para mejorar la nitidez de mis ojos cansados y me acerqué tanto al cuadro, que el perfume químico y astringente de la acetona se coló por mis fosas nasales hasta los pliegues de mi cerebro, causándome un pequeño mareo.

Pasé la manga del suéter por mi frente y volví a mirar de cerca, segura de que aquello era un tronco retorcido o una sombra caprichosa de la niebla. Sin embargo, conforme pasé el hisopo húmedo, una vez y otra vez, con la obstinación de una niña pequeña que cava hoyos en la arena,  la línea curva de un perfil, me hizo frenar de golpe, al tiempo que me levanté del taburete que hasta ese momento resguardaba el peso de mi cuerpo, de mi ignorancia...

El hisopo se me cayó de los dedos y rodó por el suelo de madera hasta perderse bajo la mesa de trabajo. Y mis manos, manchadas de barniz, pintura y disolvente, se quedaron suspendidas en el aire que pareció desaparecer de mis pulmones. ¿Cómo no me iba a quedar sin respiración, si a través de la capa translúcida de pintura, el mismo par de ojos de Eduardo me devolvían la mirada desde hacía exactamente un siglo?

Las horas siguientes transcurrieron en una especie de duermevela pegajosa, que alentó cada uno de mis movimientos.

Dejé el cuadro apoyado sobre el caballete, dándole la espalda como si se tratara de una presencia impertinente que exigía demasiada atención. Intenté concentrarme en la cena, en ordenar la cocina, en comportarme de la manera más normal posible cuando Eduardo abrió la puerta del departamento a las ocho en punto, tal como lo hacía todos los días laborales. Y a pesar de que llevaba horas esperándolo, su presencia me sobresaltó.

—Hola, amor. Huele delicioso.

Lo miré desde la cocina. Su perfil. La forma en que se acomodaba el cuello de la camisa. El brillo de su cabello oscuro como una noche sin estrellas... todo en él era un eco insoportable de los ojos que se habían quedado esperando en el caballete de mi estudio, a pocos metros de donde preparé la lasaña.

La cena transcurrió bajo la misma atmósfera de la cristaleria con la que puse la mesa, debido a mi miedo a hacer o decir algo indebido que terminara con estallar la fragilidad de la aparente normalidad. Y digo aparente, porque aunque Eduardo habló de su día en la oficina, de un informe que se le había atrasado y de un colega insoportable, mis respuestas eran tan mecánicas que me sabían ajenas, como si mi voz le perteneciera a otra persona que operaba mi cuerpo desde una distancia prudente.

Cada vez que él cortaba un trozo de lasaña con el tenedor o se pasaba una mano por la frente para retirar un mechón de su pelo, mis ojos recorrían milímetro a milímetro su rostro, buscando algo, algo que justificara la broma macabra que alguien debía estarme jugando. Pero no había nada. Su piel era joven, desprovista del peso de las décadas.

—¿Te pasa algo? Estás muy callada hoy —dijo de repente, con sus ojos sobre los míos.

—Nada, cansancio —mentí, sintiendo el sabor metálico de la falsedad en la lengua—. El nuevo cuadro me tiene un poco obsesionada.

Él sonrió, comprensivo, y se levantó para abrir otra botella de vino y mientras me daba la espalda, aproveché para mirar furtivamente hacia el pasillo, en dirección al estudio. La puerta estaba entornada. Y si la imaginación no me jugaba una mala pasada, la penumbra del estudio parecía exhalar un frío sutil, una advertencia muda.

Más tarde, cuando la casa finalmente quedó en completo silencio y la respiración regular de Eduardo me confirmó que ya dormía profundamente, me deslicé fuera de las sábanas con el sigilo de un felino, evitando que el colchón reclamara mis movimientos y al empujar la puerta del estudio, el frío que me había erizado la nuca hacía unas horas me recibió como una bofetada poco sutil. Encendí la lámpara del escritorio y el haz de luz amarilla cayó directo sobre el caballete.

Armada con una pequeña lupa de aumento y una linterna de mano, me acerqué al cuadro con el corazón martilleandome las costillas. La capa de pintura inferior ya no era un secreto, pero necesitaba ver los detalles que la prisa de la cena y el miedo me habían obligado a pasar por alto. Iluminé la esquina inferior derecha, donde la firma del artista emergía entre los óxidos del tiempo: E. Vance, 1920.

Revisé la parte posterior del bastidor con la linterna, esperando encontrar notas escritas a lápiz que arrojaran una pizca de luz sobre su procedencia, pero no había etiquetas de galerías, ni marcas de aduanas, solo polvo y telarañas. Así que presa de la mayor curiosidad que había sentido en mucho tiempo, me senté frente al ordenador y tecleé su nombre, cuando una sombra me sumergió en la misma penumbra que la pequeña lámpara no alcanzaba a iluminar.

—E. Vance... —La voz de eduardo se alzó a mis espaldas—. Hacía mucho tiempo que no escuchaba ese nombre.

El corazón me dio un vuelco tan violento que por un segundo creí que se me escaparía por la garganta. Aun así, me obligué a girar lentamente en la silla del escritorio.

Eduardo estaba frente a mí, recortado contra la penumbra del pasillo, con la pijama arrugada y el pelo revuelto por la almohada, pero sus ojos —los mismos ojos del lienzo, que miraban el mundo desde hacía un siglo— estaban completamente despiertos y fijos en mí con una calma que me heló la sangre.

—¿Qué... qué dijiste? —balbuceé.

El piso de madera crujió bajo sus pasos descalzos, un sonido doméstico y tan absurdamente normal que hizo que el aire se me atascara en la garganta.

—Dije que hacía mucho tiempo que no escuchaba ese nombre, Clara —repitió—. E. Vance.

La linterna tembló en mi mano, proyectando un haz de luz errático sobre él.

—Es de 1920 —dije, exigiendo una cordura que ya no existía—. En 1920 no habías... tú ni siquiera...

—Los calendarios son inventos muy útiles para ordenar las cosechas y fechar obras de arte como esa..., pero son pésimos contadores de historias —me interrumpió con suavidad, dando otro paso hacia mí hasta que la penumbra del estudio dejó de separarnos.

—¿Qué eres?

Sonrío.

—Soy tu esposo. Uno que te ha amado desde...

—¿Desde cuándo?

Volvió a sonreír antes de alargar su mano y delinear mi mandíbula con sus dedos.

—¡No me toques! —exigí, apartando su mano—. Respóndeme, Lalo. ¿Desde cuándo?

—Esa no es la pregunta correcta, Clara.

—¿Ah no? ¿Y cuál es?

Él guardó silencio un instante. El suficiente para que en sus ojos brillantes bajo la luz cálida que nos envolvía, pudiera leer cada una de sus vidas. En especial la de un hombre noble llamado Jagger Collins de Yorkshire que lo perdió todo entre las llamas de un incendio que esa noche todavía parecían arder entre sus pupilas, encendiendo el anhelo autodestructivo de que alguien le arrebatara la agonía de estar vivo, sin saber que un vampiro llamado E. Vance, sería el único en atender su coqueteo a la muerte, con la misma mordida con la que respondió a mi pregunta aquella noche en la que nuestra relación dejó de caber en una sola vida.

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