El arte de no dejarse tragar
ESTO DE VIVIR
6/18/20264 min read


Últimamente la vida se ha sentido como un viento demasiado fuerte, de esos que sacuden las ventanas y te obligan a mirar hacia adentro, te guste o no. En cuestión de meses, el mapa de lo que creía seguro se ha desdibujado por completo.
Afuera, la vida sigue su curso festivo; las calles se llenan de banderas, las pantallas brillan con los partidos del Mundial y el mundo grita goles en una euforia colectiva. Y ver cómo el entorno celebra mientras por dentro uno intenta sostener sus propios pedazos es un contraste brutal e irreal.
Primero fueron las pérdidas silenciosas. Descubrir que la lealtad y la amistad no siempre significan lo mismo para los demás que para mí. Ver cómo personas a las que les entregué mi transparencia decidieron alejarse, dándome la espalda. Y junto a eso, las fracturas más profundas: esas que ocurren en la propia raíz, donde se supone que debería haber paz y solo hay guerra. Aprender a soltar vínculos que duelen, trazar límites firmes con historias compartidas que ya no suman, solo restan y elegir la paz propia, aunque signifique caminar con una ausencia difícil de explicar. Duele la hipocresía y duele el desapego, pero esas pérdidas son un recordatorio de que mi energía es sagrada.
Después, la realidad te golpea donde más vulnerable eres: en los que amas. Ver a personas importantes para ti dar peleas cuando lo que merecían era paz te fractura el alma. Te llena de una impotencia silenciosa, de preguntas sin respuesta y de un miedo constante que se instala en el fondo del estómago solo para subrayar la fragilidad de la vida.
Y hoy, el recordatorio más crudo de todos. La tragedia tocando la puerta de la manera más desgarradora y violenta posible. Una desaparición que termina en muerte. Es paralizante saber que esas cosas pasan en el mundo real, cerca de ti, a la gente que estimas.
¿Qué se hace con todo esto? ¿Cómo se sostiene tanto peso mientras el mundo allá afuera sigue festejando?
Supongo que la única respuesta es aceptar la delicadeza de los hilos que le dan cuerda al mundo. Entender que la vida es un contraste permanente: un día estás riendo al lado del chico que te gusta y gritando al revuelo de un grito de gol en la tele, y al minuto siguiente el mundo se detiene con una mala noticia. Es decir, si nos aferrarnos a una sola cara de la moneda, corremos un riesgo enorme, el de perder nuestra capacidad de adaptabilidad, esa habilidad que a menudo imagino como una goma de mascar que se estira y encoge en nuestro interior, resistiendo la tensión sin llegar a romperse, aunque a veces quede tan tensa que casi se pueda ver a través de ella.
Al menos así lo vivo desde que la vida me mostró sus filosos dientes antes de cogerme entre sus manos, sacarme de mi envoltura y llevarme a su boca para masticarme sin descanso deseando quebrarme. Porque sí, he estado dentro de las fauces del destino, en ese lado de la vida en la que se te despoja de toda ilusión, ganas y fuerza para resistir, esperando ese segundo en el que tan solo termine de engullirte para dejar de sentir. He sido la que aprendió, a golpes de realidad, que la flexibilidad no es fragilidad, sino un acto de pura supervivencia.
Cuesta asimilar que la vida tenga esa doble condición tan descarada: la de masticarte con crueldad en un rincón mientras, a unos metros, el resto del mundo sigue girando completamente ajeno a tu sufrimiento. Es una disonancia que aturde. Te hace sentir que flotas en un espacio irreal, donde tus pérdidas, tus miedos y esa impotencia parecen no encajar en el guion de los demás.
Pero si algo me ha dejado el haber contemplado el abismo con el alma rota, es que aun cuando te han masticado hasta el cansancio y mientras haya vida, la última palabra no la tienen las circunstancias. Estar ahí, en el filo exacto de la vulnerabilidad, te quita las máscaras. Te despoja de la ingenuidad de creer que el mundo es un lugar seguro y, a cambio, te regala la claridad casi cegadora de saber que tu capacidad de resistencia no depende de que el viento ruede a tu favor, sino de la fuerza que nace dentro de ti para no dejarte tragar.
Y como alguien que al día de hoy le toca mirar como la vida se empeña en demoler el mundo de aquellos que más amo, no me queda nada más que aceptar, aunque no me guste, aunque lo deteste, que la alegría y el luto siempre convivirán en la misma mesa. Que se puede agradecer el calor de una taza de café por la mañana o el silencio compartido mientras acaricias a tu mascota, sin que eso borre el dolor de las ausencias o el peso de las malas noticias.
No se trata de fingir que no pasa nada, sino de permitir que coexistan la herida y la resistencia. Porque al final, salir de esa envoltura y sobrevivir a la mordida del mundo te deja cicatrices, sí, pero también la certeza de que tu hilo, por más delgado que parezca hoy, es increíblemente difícil de romper.
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