El pantone del amor

APUNTES

9/15/20263 min read

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Ahora lo entiendo. El amor no solo consiste en experimentar la ráfaga electrizante de la alegría, sino también de enfrentar sentimientos y emociones incómodas, que nos retan a salir de nuestra zona de confort; ese refugio que a menudo me gusta imaginar como una pequeña isla de arena tibia hecha a la medida para protegernos de la inmensidad de lo desconocido. Y no lo digo como algo malo, porque aunque permanecer ahí es, en efecto, elegir la seguridad de lo predecible, también se trata de un acto de autocuidado y protección, ya que, ¿cuantos de nosotros no nos hemos arriesgado a dejar atrás ese suelo firme solo para terminar convertidos en náufragos? La vida es una apuesta constante. Lo importante es evitar que ese lugar seguro se convierta en una frontera impenetrable donde el miedo a volver a terminar perdidos, exahustos y lastimados, nos cueste la realización de nuestros mayores anhelos.

Amar es volver a confiar. En el otro, en ti. Y en la propia capacidad de navegar las diferencias sin naufragar en el intento. Porque spoiler: las tormentas siempre van a formar parte del viaje, así como los días de calma en los que lo único que hace falta es soltar el timón y disfrutar el momento.

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Lo acepto: estoy enamorada y, ¿por qué no decirlo?, completamente aterrada. Sin embargo, no lo digo solo por el miedo a salir lastimada, lo cual creo que es bastante normal, ya que todas las cosas que nos importan nos hacen vulnerables, sino porque es la primera vez en mi vida que me siento con la necesidad de hacer las cosas distintas. A deshacerme de viejas conductas que lejos de ayudarme a construir un futuro, arrollaron todo a su paso, incluída mí misma. Por ejemplo, el hábito de vivir la relación en mi propia cabeza, como una serie de televisión en la que no solo ya tenía el tráiler oficial, sino las temporadas completas y hasta la escena final antes de siquiera asegurarme que los protagonistas tenían buena química en la pantalla. Y es que ser la productora ejecutiva de Netflix en mi cabeza es un puesto que ya no quiero; así como tampoco estoy dispuesta a evitar el peso de las charlas incómodas por miedo a que el resultado desdibuje las siluetas de mis propias expectativas.

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Algo curioso del amor es que nos pertenece de una manera absoluta, porque no es necesario que sea reciproco para existir.

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Las relaciones son un puñado de momentos anidados en el tiempo que solo el olvido conseguirá borrar.

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El amor real es como una taza de té tibio con miel en una tarde de lluvia: entra despacito, te reconforta el pecho, te quita los temblores del alma y te invita a acurrucarte bajo las cobijas sin importar qué tan fuerte llueva afuera.

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El otro día mientras paseaba a mi perro, vi a un niño andar en bicicleta en el parque con su padre caminando junto a él, y no pude evitar pensar que volver a amar se siente más o menos así, como cuando te quitan las rueditas de apoyo, porque aunque sabes que tu pareja está caminando junto a ti, con las manos listas y llenas de cariño en caso de que pierdas el equilibrio, el miedo a caer y pelarte las rodillas de nuevo, hace que tus manos tiemblen sobre el manubrio, azotándote con unas ganas inmensas de frenar de golpe y bajarte. El secreto, más llá de darte el permiso de pedalear un poquito más despacio y aflojar el agarre de los dedos, radica en la confianza de que, si el suelo llega a encontrarte otra vez, esta vez habrá alguien dispuesto a curarte los raspones con besos.

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Abrir el corazón otra vez... ¿cómo podría describirlo? Mmm, imagínate en una recámara con la luz apagada y las cortinas cerradas, acostumbrado a la penumbra, cuando de pronto alguien abre la ventana y entra el sol rosa del atardecer. Lo primero que haces es cerrar los ojos y parpadear con susto, porque tus ojos desacostumbrados, necesitan un ratito para aprender a no temerle a la claridad.

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