

No intenta convencerte de nada: solo te muestra un niño que mira el mundo con una claridad que a los adultos ya les resulta incómoda. Algo que, de alguna forma, me recuerda la niña que fui y que me gustaría seguir siendo: la que se hacía preguntas raras, la que se fijaba en detalles que los demás pasaban por alto, la que sentía demasiado por cosas que «no eran para tanto».
Con el tiempo he descubierto que leer este libro no es para hacerlo una sola vez, porque cuando era más joven e ingenua veía sobre todo la crítica a los adultos: esos personajes que corren detrás de números, títulos, posesiones, y que nunca parecen tener tiempo para lo esencial. Me enfadaba un poco, porque reconocía en ellos a muchas personas de mi entorno… y, en secreto, temía que algún día me convirtiera en algo parecido. Más adelante, cuando el amor empezó a pesar más que las mariposas en el estómago, comencé a darle más importancia a la historia de la rosa, la de ese personaje que a primera vista me cayó tan mal. Esa flor caprichosa, orgullosa, miedosa, que no sabía muy bien cómo mostrarse vulnerable. Y la de ese niño que no comprendía del todo lo que sentía, que se enfadaba, se alejaba, y solo en la distancia comprendía que esa rosa, con sus espinas y todo, era única porque él había invertido tiempo en cuidarla. Porque solo con la relectura entendí que muchas veces yo también desperdicié momentos mientras intentaba descifrarlos. Que otras tantas yo fui la rosa complicada que no supo decir «me importas» sin drama. Y luego está el zorro. Esa figura de sabiduría ancestral que a pesar de haberme costado tantos años ponerme en su piel, hoy me deja la esperanza de que no todo está escrito, De que, algo que puede parecerme incompresible hoy, mañana puedo comprender, siempre y cuando esté dispuesta a hacer de la experiencia un lenguaje.
Si soy honesta, una de las razones por las que esta historia me ha marcado tanto es porque no tiene miedo de hablar de cosas que la mayoría de nosotros esquivamos: la soledad, la pérdida, la sensación de no encajar del todo en el mundo. Ese niño que mira los atardeceres para sentirse menos solo, se parece mucho a la versión de mí que se refugia en los libros, en la música, en las palabras, cuando la realidad se vuelve demasiado complicada y aterradora. Por ejemplo, hay un momento del libro en el que la muerte no se nombra como un final absoluto, sino como una especie de cambio de perspectiva. Y aunque duele, tiene una delicadeza demoledora que me recuerda que las despedidas no anulan lo vivido, solo lo transforman. Esa idea me ha sostenido en momentos en los que he tenido que soltar personas, lugares o etapas que ya no podían acompañarme.
Algo que considero importante mencionar, es que cuando ese chico me preguntó qué libro me había marcado, sé que pude haber mencionado alguna novela más «impresionante», de esas que suenan bien cuando las dices en voz alta porque parecen muy adultas, muy serias, muy «literarias». Pero, justamente El Principito fue, de algún modo, un recordatorio de que lo esencial es invisible a los ojos, de manera que ninguna apariencia o imagen que quisiera venderle, era más importante que mostrarle ese lado de mí que todavía cree en la ternura, en la amistad sincera, en los vínculos que se cuidan con paciencia. Esa parte de mí que se sigue preguntando si me estoy convirtiendo en alguien que acumula cosas o en alguien que mira las estrellas.
Sé que para algunos este libro es solo una fábula bonita, un clásico sobrevalorado o un cuento que se quedó corto. Pero para mí son las gafas que me hacen mirar el mundo de una forma en la que pueda seguir siendo capaz de sorprenderme, de prestar atención a lo que no se ve a simple vista, de valorar más el tiempo compartido que las etiquetas que le ponemos a las relaciones. De obligarme a evaluar si todavía sé ver lo esencial, o si ya lo enterré debajo de prisas, planes, notificaciones y miedos. De recordame que, aunque la vida a mis treinta y siete años sea un poco hostil y dura, siempre puedo elegir desde qué lugar mirar: desde la indiferencia… o desde la curiosidad de ese niño que se toma en serio sus preguntas.
Así que, volviendo al punto, supongo que El Principito es el libro más importante para mí porque, en lugar de decirme quién debo ser, se limita a sostener un espejo y a cuestionarme, con una dulzura implacable: «¿Sigues siendo tú, bajo toda esa vida que has ido acumulando?».
El otro día, un chico que estoy conociendo me preguntó qué libro es el que más me ha marcado y aunque la respuesta depende mucho de la etapa de mi vida de la que esté hablando, sin duda alguna, el que me ha dejado una huella tan profunda que ha perseverado a través del tiempo, es El Principito.
No recuerdo con exactitud cuántos años tenía la primera vez que lo leí, lo que sí recuerdo es la sensación que tuve al hacerlo. Fue como si alguien hubiera encontrado una manera muy sencilla y suave de decir en voz alta todas esas cosas que yo pensaba en silencio: Que los adultos creen tener todas las respuestas. Que el amor no consiste en mirar al otro, sino en mirar juntos en la misma dirección. Que la muerte no es el final, sino el regreso a las estrellas. Y, por supuesto, que las cosas más importantes siempre son invisibles a los ojos.
Admito que fue raro, porque cuando llegó a mis manos, tenía la noción de que era un libro «obligado», «de escuela», y sin embargo, me sorprendió mucho que al sumergirme en su mundo, ese «deber» se transformó en un «regalo». Una llave que abría puertas a un entendimiento más profundo de la vida y, al mismo tiempo, de la importancia de no dejar morir al niño que todas las personas llevamos dentro. Cada personaje, desde el farolero hasta el vanidoso y el bebedor, se sentía como una caricatura dolorosamente real de los caminos que tomamos al crecer.
Y aunque, con los años he leído historias mucho más complejas, largas e intensas. Historias llenas de giros, de mundos fantásticos y de personajes rotos... Ese niño con bufanda que habla de flores, zorros y estrellas siempre ha ocupado un lugar especial en mi corazón, porque la verdad es que no pretende ser profundo, simplemente es honesto. Algo que ya no se ve todos los días.
