Flores de marzo

APUNTES

3/21/20263 min read

Comprar la primavera. Un día. Solo uno. Pagaría con el oro de los otoños pasados por veinticuatro horas de ese verde eléctrico que solo ocurre en marzo. Me gustaría entrar en una tienda de imposibles y pedir el aroma de los azahares recién abiertos, el zumbido torpe de la primera abeja y esa luz que no quema, pero que convence a la piel de que el invierno por fin se ha rendido.

Compraría la mañana para ver cómo despiertan los cerezos en un estallido de nieve rosa, y alquilaría la tarde para ver las sombras alargarse sin el frío cortante de enero. Pero, sobre todo, compraría el derecho a quedarme quieta, en medio de un campo que apenas despierta, para recordar que la vida siempre encuentra la forma de volver a empezar.

Sin embargo, el vendedor me miraría con una sonrisa triste y me diría que la primavera no se compra; se espera, se habita y, finalmente, se deja ir.

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En marzo salimos de nuestras madrigueras como si el cuerpo ya hubiera tenido suficientes sofás, mantas y tazas de café con leche. Nos asomamos al umbral con los ojos entornados, no por el sueño, sino por esa luz nueva que empieza a reclamar su espacio entre las nubes grises.

Hay algo casi animal en la forma en que buscamos el primer rayo de sol directo en la cara; un instinto que nos dicta que el tiempo de la introspección ha terminado. De pronto, el peso del abrigo sobra y las calles, que antes eran solo rutas de escape hacia el refugio, vuelven a ser escenarios. Salimos a estirar no solo las piernas, sino también las ganas, descubriendo con asombro que el mundo sigue ahí, brotando en silencio, esperando a que nosotros también decidamos florecer de nuevo.

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Resulta que no necesitaba maullidos para llenar el silencio, sino raíces que cuidar. Mientras que un gato demanda, la tierra simplemente espera. Hay algo profundamente terapéutico en ensuciarse las manos; es como si, al podar las ramas secas y arrancar la maleza, también estuviera haciendo limpieza en mi propio interior. He aprendido que la compañía no se mide en presencias físicas, sino en la satisfacción de ver algo florecer gracias a mi paciencia.

Lo que más me gusta del mes de marzo, no es la llegada de la primavera, los maravillosos amaneceres o la naturalidad con la que las flores se abren al sol, sino el hecho de que todo gire en torno a la vida. Literalmente. Es ese momento exacto en el que el mundo parece desperezarse de un largo sueño y nos recuerda que, a pesar de los inviernos personales, siempre hay una fuerza invisible empujando hacia arriba.

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Hay novelas buenas, novelas buenísimas y novelas como La Campana de Cristal, que no me atrevería a recomendarla a la ligera porque no creo que sea un libro para todo el mundo, pero si logras meterte entre sus páginas es un regalo digno de la mejor mañana de Navidad. «Menuda locura», son las dos palabras que me repetía conforme leía y leía. Pero no lo decía por la fragmentación psíquica de Esther Greenwood, sino por la lucidez casi violenta con la que Sylvia Plath disecciona lo cotidiano.

Hay algo profundamente magnético en la forma en que describe esa metáfora de la higuera: ver cómo todas las opciones de vida —el éxito, el amor, los viajes— se pudren y caen al suelo simplemente porque no puedes elegir solo una. Plath no escribe para entretenerte; escribe para recordarte que la campana de cristal, esa que distorsiona la visión del mundo y asfixia a quien está dentro, puede descender sobre cualquiera en cualquier momento.

Es un libro que duele, sí, pero de una forma extremadamente necesaria, que te hace sentir menos solo en tu propia extrañeza. Al cerrar sus páginas, uno no sale ileso, pero sí con la sensación de haber compartido un secreto con alguien que, hace décadas, entendió perfectamente lo que significa sentirse suspendido en el vacío.

Esa es, quizá, la mayor ironía de la novela. A pesar de que Esther Greenwood camina por un laberinto de espejos deformantes, su voz se siente más real que la de quienes la rodean, empeñados en mantener las apariencias de una sociedad de postal. Plath nos regala una honestidad brutal que hoy, en la era de la felicidad impostada y los filtros, se siente casi como un acto de rebeldía.

No es solo una crónica de la caída, sino un testimonio de la lucha por respirar cuando el aire se vuelve humo. Al final, La campana de cristal no nos deja en la oscuridad absoluta; nos deja en el umbral, recordándonos que, aunque puede volver a bajar, el simple hecho de haber nombrado al monstruo ya es una forma de victoria. Es el mapa de un territorio que nadie quiere visitar, pero que todos deberíamos conocer, aunque solo sea para aprender a mirar con más ternura a quienes caminan con la mirada perdida bajo su propio domo de cristal.