Jagger Collins
RELATO
10/11/20265 min read


Si tan solo hubiera hubiera dejado el lienzo en aquel bazar, si tan solo hubiera pasado de largo, ahora mismo seguiría creyendo que la vida consiste en nacer, crecer y morir. Pero mi debilidad por los objetos que se niegan a morir en el olvido siempre ha sido más fuerte que mi sentido común, así que en cuanto vi aquel paisaje mediocre de pinos y niebla, no pude contenerme.
El cuadro no prometía gran cosa cuando se lo compré al anciano a un precio ridículamente exorbitante. El marco de madera estaba carcomido en una esquina y la superficie acumulaba décadas de polvo y barniz enmoecido que desdibujaban el motivo central: un bosque sombrío, casi gótico, con un lago brumoso al fondo. Así que me armé de paciencia, un hisopo de algodón y una solución suave de disolvente con la única intención de devolverle algo de dignidad. Al principio, solo saqué mugre marrón y costras de pintura que habían comenzado a descarapelarse, pero al llegar al centro, donde los árboles debían ser más densos, noté una pequeña silueta trazada con pinceladas perezosas que apenas se alcanzaban a distinguir del resto del paisaje. Cogí mis gafas para mejorar la nitidez de mis ojos cansados y me acerqué tanto al cuadro, que el perfume químico y astringente de la acetona se coló por mis fosas nasales hasta los pliegues más profundos de mi consciencia, causándome un pequeño mareo.
Pasé la manga del suéter por mi frente y volví a mirar de cerca, segura de que aquello era un tronco retorcido o una sombra caprichosa de la luna a través de la niebla. Sin embargo, conforme pasé el hisopo húmedo, una vez y otra vez, con la obstinación de quien remueve la tierra fresca de una fosa clandestina, la línea curva de un perfil, me hizo frenar de golpe, al tiempo que me levanté del taburete que hasta ese momento resguardaba el peso de mi cuerpo. De mi ignorancia...
El hisopo se me cayó de los dedos y rodó por el suelo de madera hasta perderse bajo la mesa de trabajo, y mis manos, manchadas, se quedaron suspendidas en el aire que pareció desaparecer de mis pulmones. ¿Cómo no me iba a quedar sin respiración, si a través de la capa translúcida de pintura, el mismo par de ojos del amor de mi vida, me devolvían la mirada desde hacía exactamente un siglo?
Las horas siguientes transcurrieron en una especie de duermevela pegajosa, que entorpeció cada uno de mis movimientos.
Le di la espalda al cuadro apoyado sobre el caballete, como si se tratara de una presencia impertinente que exigía demasiada atención. Intenté concentrarme en la cena, en ordenar la cocina, en comportarme de la manera más normal posible cuando Lalo abrió la puerta del departamento a las ocho en punto.
—Hola, amor. Huele delicioso.
Me obligué a mirarlo. Todo en él era un eco insoportable de los ojos que se habían quedado esperando en mi estudio: Su perfil. La forma en que se acomodaba el cuello de la camisa. El brillo de su cabello, un negro tan profundo que parecía devorar la luz de la cocina...
Esa noche, la cena transcurrió bajo la misma atmósfera de la cristaleria con la que puse la mesa, debido a mi miedo a hacer o decir algo indebido que terminara con estallar la fragilidad de la aparente normalidad. Y digo aparente, porque aunque él me habló de su día en la oficina, de un informe que se le había atrasado y de un colega insoportable..., mis respuestas eran tan mecánicas que me sabían ajenas, como si mi voz le perteneciera a otra persona que operaba mi cuerpo desde una distancia prudente.
Cada vez que él cortaba un trozo de lasaña o se pasaba una mano por la frente para retirar un mechón de su pelo, mis ojos recorrían milímetro a milímetro su rostro, buscando algo que justificara la broma macabra que alguien parecía estarme jugando. Pero no había nada. Su piel era joven, desprovista del paso de las décadas.
—¿Te pasa algo? —preguntó de repente—. Estás muy callada hoy.
—Solo estoy cansada —mentí—. El nuevo cuadro me tiene un poco obsesionada.
Él sonrió, comprensivo antes de levantarse para abrir otra botella de vino, y mientras me daba la espalda, aproveché para mirar furtivamente hacia el pasillo. La puerta de mi estudio estaba entornada, pero, si la imaginación no me jugaba una mala pasada, la penumbra de su interior vomitaba un vacío gélido y absoluto que me pareció una advertencia muda.
Más tarde, cuando la casa finalmente quedó en completo silencio y la respiración regular de Lalo me confirmó que ya dormía profundamente..., me deslicé fuera de las sábanas con el sigilo de un felino, evitando que el colchón reclamara mis movimientos. Y al empujar la puerta del estudio, el frío que me había erizado la nuca hacía unas horas me recibió como una bofetada poco sutil. Encendí la lámpara del escritorio y el haz de luz amarilla cayó directo sobre el caballete. La capa de pintura inferior ya no era un secreto, pero necesitaba estudiar los detalles que el miedo me habían obligado a pasar por alto, de forma que iluminé la esquina inferior derecha, donde la firma del artista emergía entre los óxidos del tiempo: E. Vance, 1920, luego revisé la parte posterior, esperando encontrar notas escritas a lápiz que arrojaran pistas sobre su procedencia, pero no había etiquetas de galerías, ni marcas de aduanas, solo polvo y telarañas. Así que presa de la mayor curiosidad que había sentido en mucho tiempo, me senté frente al ordenador y tecleé ese nombre, cuando una sombra me sumergió en la misma oscuridad que la pequeña lámpara no alcanzaba a iluminar.
—E. Vance... —La voz de Eduardo se alzó a mis espaldas—. Por poco olvido ese nombre.
El corazón me dio un vuelco tan violento que por un segundo creí que se me escaparía por la garganta, pero aun así, me giré lentamente en la silla para mirarlo. Tenía la pijama arrugada y el pelo revuelto por la almohada, pero sus ojos —los mismos ojos del lienzo, que miraban el mundo desde hacía un siglo— estaban completamente despiertos y fijos en los míos con una calma que me heló la sangre.
—¿Qué... qué dijiste? —balbuceé.
El piso de madera crujió bajo sus pasos descalzos, un sonido doméstico y tan absurdamente normal que hizo que el aire se me atascara en la garganta.
—Dije que por poco y olvido ese nombre, Clara —repitió—. E. Vance.
—Es de 1920 —dije, reteniendo una cordura que por más que intentaba, parecía escaparse de mi cabeza—. En 1920 no habías... tú ni siquiera...
—El tiempo es una ilusión muy útil, Clara, pero también una molestia —me interrumpió con suavidad, dando otro paso hacia mí hasta que la penumbra del estudio dejó de separarnos.
—¿Qué eres?
Sonrío.
—Soy tu esposo, amor.
—¿Y antes de eso?
Volvió a sonreír antes de alargar su mano y delinear mi cuello con sus dedos.
—¡No me toques! —exigí, apartando su mano—. Respóndeme, Lalo. ¿Y antes de eso?
—Esa no es la pregunta correcta, Clara.
—¿Ah no? ¿Y cuál es?
Él guardó silencio un instante. El suficiente para que en sus ojos brillantes bajo la luz cálida que nos envolvía, pudiera leer cada una de sus vidas. En especial la de un hombre noble llamado Jagger Collins de Yorkshire que lo perdió todo entre las llamas de un incendio que esa noche todavía parecían arder entre sus pupilas, encendiendo el anhelo autodestructivo de que alguien le arrebatara la agonía de estar vivo, sin saber que un vampiro llamado E. Vance, sería el único en atender su coqueteo a la muerte, con la misma mordida con la que respondió a mi pregunta aquella noche en la que me condenó a la eternidad de su compañía...
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