La Gran Guerra

ESTO DE VIVIR

7/17/20264 min read

Ya lo había dicho antes, pero el clima reciente amerita que lo reitere: odio los cielos nublados. Me parecen deprimentes, aburridos y jodidamente dolorosos. En especial en días cómo hoy, en los que el cielo parece haberse vestido con la etiqueta necesaria para colarse al peor funeral al que he sido forzada a asistir. Y digo forzada, porque yo nunca quise nada de esto. Aunque siempre he sido de la idea de que hay ocasiones en las que el amor no es suficiente, jamás creí que aplicaría esa misma frase a un lazo familiar antes de cortar la rama que meció los recuerdos más tiernos de mi infancia. Y sí, me gustaría tener una mejor metáfora para suavizar el golpe, pero la verdad es igual de violenta, y solo me queda la certeza de que estoy haciendo lo mejor porque hoy solo con la presencia de su ausencia puedo volver a sentir paz. Y no, no necesitan mencionarlo, sé muy bien cómo se escucha. Egoísta. Cruel. Despiadado. Y desalmado... Etiquetas que ya me sé de memoria y que llevo pegadas en mi frente desde que decidí sacar uñas y dientes para defender mi cordura.

Los que saben de lo que hablo, parecen sorprendidos, pero nadie pregunta por qué llegué a este punto ni cómo fue que tomé la decisión de lanzarle una flor blanca a mi propia sangre antes de darme la vuelta y dejar su lápida tras de mí. Y en este punto, honestamente lo último que quiero es contar mi versión de la historia. Estoy tan exahusta y desgastada por esta guerra que mi único deseo es que cumpla la palabra de su último ataque y permanezca fuera de mi vida.

Lo siento por mis padres, en serio que sí. No debe ser fácil atestiguar un quiebre así en su propio nido, pero no pienso enterrarme a mí misma otra vez solo para que los demás puedan respirar. No. Nadie se merece esa oportunidad. Ni siquiera ella.

Y por si te lo preguntas, no, jamás imaginé que todo pudiera llegar a este punto. Es decir, desde pequeñas tuvimos una relación difícil, porque siempre hemos sido muy diferentes. Ella es cálida, casi como una fogata alrededor de la cual me gustaba sentarme, hipnotizada por su calor. Yo, en cambio, siempre me he sentido más como una nebulosa, confusa para la mayoría de personas que no terminan de entender si soy luz que apenas comienza a condensarse o simplemente polvo cósmico a la deriva. Sin embargo, esas pequeñas semejanzas que nos hacían iluminar cada noche a nuestra manera, hoy parecen haber desaparecido. Y aunque es muy probable que todavía permanezcan en algún lugar detrás de toda la oscuridad que nos rodea, ya no pienso invertir ni un solo día de mi vida en buscarlas, no cuando todo esto ha mermado mi propio fulgor, uno que prometí nunca más volver a descuidar.

Eso es lo que pasa cuando has tenido que atravesar el vacío por volver a brillar. Ya no te importa que tu luz sea una ofensa, porque la verdad es que todos tenemos la capacidad de resplandecer, solo que algunos no tienen el valor de coger agua y jabón para remover la opacidad que el paso del tiempo va dejando sobre la propia vida. ¿O acaso creen que si he conseguido recuperar mi sonrisa tras años de desesperanza es porque la tristeza decidió despejarse por arte de magia? Ja. No me hagan reír.

Ha sido un trabajo de arqueología personal en el que por más de doce años tuve que escarbar entre los escombros de lo que dejaron las tormentas de una vida imperfecta, apartando con cuidado cada piedra que me cayó encima para ver si debajo quedaba algo de mi esencia original. Y sí, he encontrado cosas: fragmentos de sueños que creía perdidos, la voluntad que resistió a ser destruída y, sobre todo, la consciencia de que mi propia imperfección es el aliento de mi humanidad y no moneda de cambio para pagar toda la evolución que aún me queda por delante. Porque sí. He cometido errores y roto acuerdos que yo misma propuse. Sin embargo, he admitido mi parte. Pedido disculpas y propuesto soluciones, pero nada de eso parece ser suficiente. De manera que, ha llegado la hora de dejar de pensar en el por qué, en lo que pudimos hacer diferente y en lo que pasará después, para dibujar constelaciones sobre los hematomas.

Y con esto no quiero decir que la única que ha salido lastimada he sido yo. Por supuesto que no. Al menos me gusta pensar así; y no porque me regocije ante la idea de su dolor, sino porque si a ella también le atormenta la nueva realidad de nuestra relación, es porque en su corazón aún suenan las canciones de cuna con las que crecimos y que creímos velarían el sueño de nuestros hijos. Sin embargo, no puedo sentarme a pensar en sus sentimientos cuando las heridas que dejaron nuestra Gran Guerra me tienen con las manos cubiertas de sangre, las pestañas llenas de lágrimas y las mejillas manchadas de polvo. Ya no.

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