La insurgencia de la ternura

APUNTES

2/27/20265 min read

Últimamente, el mundo se ha sentido como un cuarto sin ventanas: el aire pesado, las paredes demasiado cerca, y una lamparita de noche que no enciende. No es que me falte fe; es que me sobran imágenes. Me sobran datos, nombres, horrores que no pedí ver y que, aun así, se quedaron impregnados en mi mente como hollín sobre la piel, haciendo que camine por mi vida como si llevara barro en los zapatos, dejando huellas negras en lugares donde antes había calma.

Lo extraño es que no siento la tristeza como una ola, sino como una neblina densa que se cuela bajo la puerta, se instala en las esquinas, apaga el brillo de las cosas pequeñas: el café de la mañana, la música, el mensaje que no respondo porque siento que no tengo manos suficientes para sostener todo lo que duele. Y mi cuerpo, que siempre ha sido un animal con instinto, lo entiende antes que yo. Se encoge, se esconde y baja la cabeza para protegerse de la tormenta.

A veces pienso que perder la fe en la humanidad es un pecado íntimo. Como si mi corazón estuviera fallando en su trabajo. Pero la verdad es que mi realidad está en llamas, sumido en oscuridades que mi corazón no alcanza a comprender. Pero entonces me obligo a hacer lo único que funciona cuando algo me invade: cierro los ojos y regreso al cuerpo. Me imagino abriendo una ventana por dentro. Una rendija. Un hilo de aire. Exhalo despacio, y con cada exhalación dejo ir lo que no es mío: los titulares, las sombras, la brutalidad que no me pertenece. No para negar que existe, sino para no perderme. Porque mi atención es una linterna, y desde que esa infame colección de archivos (que no pienso nombrar), fue liberada y la violencia ha azotado mi país, he estado apuntándola tanto tiempo que he olvidado cómo se ve una mesa servida, una risa, una mano sosteniendo a otra. Olvidé que el bien no hace tanto ruido, pero igual late en lo pequeño: en un perro que confía, en alguien que pregunta «¿ya comiste?», en una persona que se detiene a cuidar lo frágil como si fuera sagrado.

Así que hoy quiero hacer un pacto silencioso: no permitir que el horror del mundo me robe el derecho de crear. No permitir que lo peor del mundo sea mi única verdad.

Mi energía es un jardín secreto en medio de un mundo que a veces parece decidido a pisotearlo. La crueldad intenta marchitar los brotes de mi entusiasmo o llenar de maleza mis silencios, pero es justo en estos momentos en los que debo ser una jardinera celosa y cultivar la paciencia suficiente para defender mi paz, porque, al final, solo yo sé cuánto trabajo ha costado que este rincón siga verde.

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La culpa a veces intenta entrar a mi vida disfrazada de conciencia. Me susurra que si cierro los ojos a las injusticias y tragedias del mundo, soy cómplice, que si me protejo soy indiferente, que si me aparto estoy fallando. Pero la culpa no es brújula; es un ladrón con voz demasiado convincente. Y como todo ladrón, no busca mejorar el mundo, solo vaciarme por dentro. Se lleva mi paz por una moneda de cambio que no compra justicia para nadie. De manera, que, hoy le digo NO a la insistencia de que mi agotamiento es el precio de mi humanidad. A esa voz que me exige llevar el peso del mundo sobre los hombros que solo fueron diseñados para cargar mi propia vida... Y a la mentira de que mi paz es un insulto para los que sufren, porque una vela apagada no puede iluminar el camino de nadie y para sostener a otros, primero debo sostenerme yo. Mi bienestar no es una traición al mundo, sino la única herramienta real que tengo para intentar mejorarlo.

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El otro día recordé la crítica que me hizo un amigo sobre mis escritos. Especialmente sobre mi voz. Me dijo que le parecía demasiado «rosa», por no decir, «cursi», para el mundo y época en la que vivimos. Porque para él, había cosas más importantes de las que hablar que sentimientos cómo el amor y el autodescubrimiento. En su momento, no quise darle muchas vueltas al asunto y zanjé la conversación diciendo que así escribía yo y punto. Pero ahora, que el mundo me parece cada vez menos amable, he decidido profundizar en esta idea para exponer los motivos que siempre me llevan a sembrar belleza en una tierra de cinismo e indiferencia; ya que mi estilo no busca ignorar las grietas del mundo, sino plantar flores en ellas, pues prefiero el riesgo de ser llamada ingenua que la seguridad de ser alguien que ya no espera nada de la vida.

Para mí, el amor no es un adorno, sino una postura política. En un mundo que premia la ironía ácida y donde el desapego se confunde con la madurez, escribir desde la ternura es un acto de insurgencia. No soy ajena al caos, a la injusticia o a la fealdad que nos rodea; sino que, precisamente porque los veo con claridad, me niego a concederles el monopolio de mi narrativa.

Elegir la belleza no es un acto de ceguera, sino de soberanía. Si el mundo está en llamas, lo más revolucionario que puedo hacer es proteger el fuego que calienta, no el que consume. Hablar de amor en tiempos de crisis no es una distracción; es un recordatorio de por qué vale la pena luchar por un mundo mejor en primer lugar. De lo contrario... ¿de qué sirve ganar todas las batallas políticas si en el proceso olvidamos cómo habitarnos a nosotros mismos o cómo tocar el alma del otro?

Aunque en su momento sí lo hizo, hoy, ya no me ofende la etiqueta de «rosa» que intentan colgarle a mi voz, porque no es más que un malentendido sobre la fuerza. Ahora más que nunca, entiendo que el problema no soy yo, sino la confusión que existe entre el pesimismo y la conciencia social, entre amargura y honestidad. Al crecer, te venden la idea de que para ser profundos tenemos que ser grises y serios, y que cualquier rastro de esperanza es solo un filtro de Instagram más. Pero yo me pregunto: ¿quién es más valiente? ¿El que se suma al coro de la desesperanza, donde siempre hay una silla vacía, o quien decide construir un refugio de palabras donde otros puedan respirar?

Como escritora, decidir que mi obra sea un lugar donde alguien pueda quitarse la armadura un momento y recordar que, antes de ser cifras, tendencias o bandos políticos, fuimos, y somos, capacidad de asombro, es mi forma de no entregarle las llaves de mi mundo al desencanto. De alzar mi voz como un neón rosa en mitad de la noche. De reivindicar la idea de que sentir con fuerza es el último grito de libertad que nos queda. Porque al final del día, la crítica social sin esperanza no es revolución, es solo un diagnóstico de nuestra propia derrota. Y si quiero que mi voz sirva a una causa, no veo ninguna mejor que la de la de reclamar el derecho a la ternura como territorio conquistado para volver a casa.

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En un mundo que nos quiere endurecidos, permanecer blandos es la victoria definitiva.