La magia del espejo o por qué el amor no es una búsqueda, sino un reflejo

ESTO DE VIVIR

6/8/20262 min read

¿No es curioso como pasamos gran parte de la vida haciendo listas de lo que queremos? Un nuevo conjunto de ropa, el trabajo ideal, y ¿por qué no decirlo? Esa persona especial que camine a nuestro lado por el resto de nuestra vida...

Anotamos con precisión cómo queremos que sea, con cualidades que no nos dejen nada que desear: esa sonrisa capaz de encender los días más nublados, manos firmes que se sientan como un puerto seguro, alguien con el ingenio afilado y los hombros lo suficientemente anchos para sostener nuestros miedos y una mirada que nos devuelva la calma cuando el mundo se vuelva demasiado doloroso. Buscamos un faro. Un roble donde recargarnos. Una arquitectura perfecta de virtudes que encaje con nuestros mapas mentales como si el amor fuera un rompecabezas donde solo falta una pieza esculpida a nuestra exacta medida. Sin embargo, el amor no funciona como un catálogo a la carta. No atraemos aquello que nuestra mente anhela, sino aquello que vibra en la misma frecuencia de lo que ya habita en nuestro pecho. O lo que es lo mismo: atraemos lo que somos.

Por eso, muchas veces cuando el amor llega a nuestra vida, lejos de sentirse como el cuento de hadas que siempre imaginamos, descubrimos, con un periodicazo en la cabeza, que más bien era un espejo incómodo que reflejaba todas nuestras inseguridades. Porque si buscamos desesperadamente un roble era porque en el fondo nos sentíamos de papel. Que si exigimos unas manos firmes, era porque las nuestras temblaban demasiado al sostener la propia vida.

Entender que el otro no es una pieza que viene a completar el rompecabezas de tu vida es la magia que cambia el reflejo. Ya no te asusta lo que ves al otro lado del espejo; al revés, te enorgullece y apapacha el corazón. Porque al final, el amor nunca se ha tratado de encontrar a alguien que encienda la luz de tus habitaciones más oscuras, sino de haber aprendido a iluminarte por dentro lo suficiente como para poder mirar al otro a los ojos, extenderle la mano y decirle, sin miedo y con el corazón en calma: Yo ya estoy lista. Caminemos.

Solo así el amor deja de sentirse como una misión de rescate para convertirse en una libre elección.

Solo así pude haberlo conocido.

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