La magia del otoño

APUNTES

10/10/20262 min read

Me cae bien la gente que mira el cielo, que sigue el vuelo de una libélula, que contempla el baile de las hojas al compás del tiempo… En general, la que no vive con la cabeza enterrada en la pantalla del teléfono. Esas personas que todavía saben detenerse frente a una pared de ladrillos donde el sol dibuja sombras caprichosas o que detiene el paso para escuchar cómo suena el agua corriendo en un río. Supongo que me reconozco en ellos porque sus pausas son los latidos del corazón infantil que aún es capaz de asombrarse con las pequeñas cosas que, a los ojos de aquellos viven al compás de las manecillas del reloj, simplemente pasan desapercibidas.

Vivimos tan empeñados en llegar a tiempo, en ser predecibles y productivos, que olvidamos que la vida ocurre precisamente en los márgenes de lo que se espera de nosotros. En esas pequeñas distracciones que solo requieren un minuto de nuestra apretada agenda para recordarnos que la magia existe, es real, aunque no todos sepan reconocerla. Apreciarla.

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Estoy enamorada. Pero la mejor parte es que estoy feliz porque con él finalmente puedo sentir que puedo ser yo misma. ¿Y acaso hay algo mejor que haber encontrado una persona que te conoce tal cual eres, con tus claroscuros y aun así decide quedarse a tu lado?

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Me gusta pensar que Dios es mujer, porque ¿qué otra deidad le pondría lentejuelas al agua para que pueda brillar cuando los rayos del sol la ilumina? Solo ella pudo decidir que los ríos, el mar y los estanques llevara polvo de estrellas al ras de suelo...

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Las hojas de arce siempre me cautivan. Cogerlas del suelo y mirarlas a contraluz es como sostener un mapa diminuto de caminos secretos que el tiempo decidió soltar. Tienen ese extraño misterio de lo desconocido. De todo aquello que no podemos seguir y aun así nos despiertan la curiosidad que nos hace preguntarnos que hay más allá de los márgenes de nuestra rutina. Las puertas a las que nunca hemos llamado. Las vidas ajenas que jamás experimentaremos. Y los destinos a los que nunca llegamos, porque en algún punto del trayecto decidimos bajarnos del bagón. En fin. La vida y sus secretos.

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Todo el mundo admira la primavera, pero olvidan que los árboles necesitan perder sus hojas en otoño para volver a florecer. Nadie aplaude la devastación, ni el momento en el que la rama se queda desnuda y expuesta al frío. Sin embargo, es ahí, en esa aparente quietud y despojo, cuando ocurre la verdadera magia: la savia se repliega, las raíces descansan y la planta reúne en secreto la fuerza necesaria para sostener todo el peso de su resplandor.

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Recibir de vuelta al otoño es saludar a un viejo amigo que siempre imagino como un hombre de lo más peculiar. Viste siempre un abrigo largo con estampado tweed de colores apagados, zapatos amarillos, pantalones que le quedan ligeramente cortos, calcetines borgoña y un pequeño sombrero que al final del encuentro siempre sale pitando al cielo, mecido por las primeras ventiscas del invierno.

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