Lienzos en blanco

APUNTES

5/25/20264 min read

Cuando alguien que estamos conociendo y nos gusta mucho se repliega en el silencio, de inmediato su ausencia se convierte en un lienzo en blanco. El problema es que la mente no sabe habitar los espacios vacíos, así que se apresura a sacar sus pinceles y dibujar pequeños monstruos con los colores caóticos de la incertidumbre y el miedo. Nos obliga a mirar un cuadro de terror que ella misma pintó, y nos hace llorar por un escenario que solo existe en nuestra cabeza.

Pero lo que nuestra mente olvida, atrapada en su urgencia de descifrarlo todo, es que el silencio también es un respiro, como las pausas en las partituras musicales, pues ninguna sinfonía se sostendría solo con el golpe constante de los instrumentos; es decir, la pausa significa el aire necesario para que la siguiente nota tenga más fuerza, más cuerpo y más belleza. Si no aprendemos a respetar la tregua, podríamos terminar rompiendo el ritmo por querer forzar un tempo que tal vez fue adecuado para otra melodía, pero no para la que hoy quieres componer.

A la mente no tenemos que creerle todo lo que piensa. Su trabajo es alertarnos del peligro, no decirnos la verdad. Es por eso que hoy elijo guardar los pinceles y sentarme a mirar el caballete vacío. Elijo dejar el lienzo en blanco, no desde la resignación, sino con la serenidad de quien entiende que no todo espacio necesita llenarse inmediatamente para tener sentido, porque a veces, la forma más pura, madura y valiente de confianza consiste precisamente en eso: en permitir que el silencio siga siéndolo, hasta que la vida, por sí misma, nos empuje a ser algo más.

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Una relación no es un cuadro que pintas a solas, pero a veces, en la urgencia de crear conexión, sentimos el impulso de tomar la mano del otro y guiar su trazo, intentando imponer nuestro estilo favorito o dictando la firmeza de las líneas, temerosos de que la obra se arruine. Sin embargo, forzar el pincel del otro lejos de ser arte, es un calco de nuestras propias expectativas. Olvidamos que un lienzo a dos manos es, por definición, un territorio nuevo después de días y días de pintar en soledad. Nos asusta el contraste. Nos inquieta que, mientras nosotros podemos ser de trazos constantes y colores encendidos, la otra persona puede preferir tomarse su tiempo, midiendo la distancia de cada línea, habitando un ritmo más pausado que nuestra ansiedad no siempre sabe descifrar.

Pintar a dos manos exige el coraje de soltar el control y aprender a confiar.

Es esperar, con una mezcla de ilusión y vértigo, que el otro traiga sus propias elecciones al lienzo, incluso si son colores que jamás habríamos utilizado nosotros mismos o la sutileza de líneas discontinuas y suaves, en lugar de los trazos demasiados firmes a los que estamos acostumbrados.

Es entender que la belleza de pintar juntos no radica en la perfección, sino en el diálogo que se genera entre sus trazos y los nuestros. Pero sobre todo, es aceptar que si insistimos en llenar cada espacio en blanco por miedo a lo desconocido..., si nos angustiamos cuando el otro se detiene a mirar el proceso en silencio para decidir su siguiente movimiento, probablemente terminaremos por arruinar la obra incluso antes de que siquiera tenga la oportunidad de brillar.

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El otro día mientras lavaba mis pinceles, en ese instante preciso en el que mis dedos frotaban las cerdas bajo el chorro de agua para que los restos de pintura se diluyeran en el desagüe, no pude evitar pensar que nadie entra a una nueva historia con sus pinceles completamente limpios. Todos cargamos con manchas de colores con los que pintamos antes: rojos que dolieron, grises de promesas rotas y esos tonos oscuros y densos que dejaron las decepciones del pasado... Sin embargo, eso no tiene que ser necesariamente algo malo. Esas manchas, esas durezas y cerdas caídas, son la prueba de todo aquello que hemos intentado crear. Y nuestra responsabilidad como artesanos de nuestra propia magia es nunca darnos por vencidos ni creer que porque una obra anterior terminó mal, el siguiente lienzo que decidamos pintar correrá la misma suerte.

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A veces, el amor nos vuelve cobardes antes de volvernos valientes. Lo digo porque cuando alguien nos gusta tanto que el pulso nos tiembla, el lienzo en blanco que descansa frente a nosotros deja de parecer un espacio de posibilidades y se convierte en una amenaza.

Nos da pánico dar el primer trazo y descubrir que elegimos el color equivocado, o que la línea no quedó tan bien como la habíamos visto en nuestra mente. Nos volvemos excesivamente cautelosos, midiendo cada palabra y conteniendo el aire, convencidos de que el más mínimo error —un mensaje fuera de tiempo, una confesión demasiado honesta, un silencio incómodo— manchará la obra para siempre.

Olvidamos que la perfección es enemiga de la vida y que los cuadros más hermosos de una galería no son aquellos que carecen de borrones, sino los que tuvieron el coraje de ser pintados, porque quedarnos ahí, con el pincel suspendido en el aire, admirando el lienzo por miedo a arruinarlo es, paradójicamente, la única forma garantizada de dañarlo.

Al final, el amor nos vuelve valientes solo cuando aceptamos que es preferible terminar con los dedos impregnados de acrílico, el pecho salpicado y un desorden hermoso en las manos que con un corazón intacto pero completamente vacío.

En la pintura, si aplicas una capa nueva sobre una que aún está fresca, los colores se ensucian y el lienzo se estropea. Lo mismo pasa con las relaciones: hay que saber esperar a que la primera capa de pintura seque antes de continuar.

Sin embargo, la espera suele ser tierra fértil para la ansiedad. Cuando alguien nos gusta de verdad, queremos ver el resultado a la de «ya». Saltarnos los días de contemplación y saturar la tela con texturas, detalles y promesas, olvidando el papel que tiene el tiempo en el proceso de creación.

Confiar en el proceso, tener la madurez de soltar el pincel, dar dos pasos atrás y permitir que el aire haga su trabajo, es un acto de fe y el único camino seguro para que la siguiente pincelada no borre la belleza de lo que ya logramos trazar.

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Al principio de una relación, las cosas no siempre tienen una forma clara. Son solo manchas de color, fondos abstractos, pinceladas que parecen no tener sentido ni dirección, pero que si les permites habitar el lienzo sin la prisa, no solo terminan por revelar su verdadero paisaje, sino que terminan por convertirse en la obra más hermosa que jamás hayas visto.

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