Lo que hicieron conmigo
RELATO
5/28/20264 min read


Nunca voy a olvidar la noche en la que me convertí en el peligro que siempre temí.
Caminaba hacia la zona más oscura de Polanco, donde las luminarias parpadeaban con un zumbido constante que me erizaba el vello de la nuca. Al doblar la esquina, me topé con un grupo de hombres recargados en un coche negro que obstruían la acera. No olvido ese detalle porque el olor a tabaco y colonia barata golpeó mi olfato mucho antes que sus voces.
—Mira nomás qué flor viene caminando —siseó el de los ojos inyectados de sangre, separándose del auto.
Sentí el latigazo de su mirada recorriéndome las piernas, el talle, el cuello… Inquieta, tiré de mi falda hacia abajo mientras apretaba el paso para llegar lo más rápido posible al bar subterráneo en el que había quedado de verme con mi mejor amiga Antonella.
—¿A dónde tan rápido, reina?
Entonces, el círculo se cerró.
No fue un movimiento brusco, sino una coreografía de depredadores que conocen bien su territorio, dejándome atrapada entre el metal frío de su coche y la muralla de sus cuerpos.
—Déjenme pasar. —Mi voz era un hilo a punto de romperse.
Un tipo de hombros anchos sonrió con una lentitud insultante antes de alargar la mano y hundir sus dedos en mi nuca, sujetándome con una propiedad que me arrebató mi dignidad para reducirme a un simple objeto.
—Por favor, no —supliqué en vano.
Y cuando la violencia pasó de la amenaza al contacto y su boca se estrelló contra la mía, el mundo se detuvo. Literalmente. El zumbido de la luminaria cesó. El humo del tabaco quedó suspendido en el aire como una serpiente lista para atacar. Y el ruido de un claxon a lo lejos se estiró hasta convertirse en una nota infinita y grave.
—Brandon, suéltala, ya estuvo bueno —dijo el más joven, el único que pareció notar que el silencio de la calle se había vuelto sobrenatural.
—¿Que ya estuvo? —respondió el otro, sacudiéndome como una muñeca de trapo—. ¡Mírala!
Fue en ese preciso instante, cuando sus manos me arrancaron el abrigo dejándome completamente expuesta al sereno de la noche y a sus risas, que la realidad se quebró con la fuerza del grito que traía atorado en la garganta. Al principio fue una sensación de hormigueo en la piel que cesó en cuanto una columna de personas apareció en la acera de enfrente. Pero la esperanza fue un chispazo cruel cuando todos pasaron de largo, acelerando el paso ante el espectáculo de mi humillación.
Brandon, envalentonado por esa indiferencia colectiva, apretó mis muñecas.
—¿Ves, preciosa? El mundo quiere que seas mía.
Sus palabras no solo trajeron el hormigueo de regreso, sino que hicieron que se materializara sobre mi piel como tinta china: negra. Densa. E impenetrable, ajustándose suavemente desde mis hombros hacia abajo con la precisión de una prenda hecha a la medida.
—¡Suéltame! —peleé.
Brandon intentó golpearme, un revés furioso que no encontró carne. Al esquivarlo, choqué con la mirada de mi propio reflejo en el cristal: la mujer asustada había desaparecido. En su lugar se erguía una masa de ira densa y antigua, un dolor colectivo que dejó de pertenecerme solo a mí para volverse el de todas.
—¡La maldita perra tiene algo! —gritó, mientras soltaba un alarido, retrocediendo con los nudillos destrozados.
El de los ojos inyectados en sangre sacó una navaja. Y el miedo, ese viejo conocido, terminó de cambiar de forma. De mi piel brotaron filamentos oscuros, sutiles como el petróleo, que tejieron una barrera en el aire y cuando el acero intentó alcanzarme, la hoja se dobló como si fuera de papel.
—No. —Mi voz brotó del aire mismo, un coro de miles de mujeres que hablaban a la vez a través de mi garganta.
El muchacho más joven cayó de rodillas, vencido por el peso de un miedo que había cambiado de bando. En las paredes del callejón, la oscuridad de mi piel proyectaba sombras: siluetas de mujeres marchando firmes, miradas que ya no se agachaban, pasos seguros cruzando la noche y bocas que finalmente se abrían. Brandon, ciego a la revelación que ocurría a su alrededor, intentó un último ataque, pero la sombra a mis pies se estiró como un látigo, lo atrapó por el cuello y lo suspendió en el aire. Sin embargo, no lo asfixié. Solo convertí sus ojos, su cuerpo y su mente en un sumidero de terror, obligándolo a sentir en sus propios huesos el nudo en la garganta de las que caminaban de noche, la náusea del roce no deseado en el metro y el cansancio de llevar siglos apretando las llaves entre los dedos.
Desesperado, pataleó en el aire, buscando alejarse de esa marea de memorias que le dilataron las pupilas hasta devorar su iris. Satisfecha, arranqué mi oscuridad de su pecho de un solo tirón, al tiempo que la gravedad lo reclamaba, convertido en un despojo.
—Largo.
Todos huyeron sin mirar atrás, dejando solo el olor a tabaco y el cascarón de una hombría que se rompió al perder el control de la situación. Y yo me quedé sola bajo la luminaria, que recuperó su zumbido habitual mientras la sustancia negra comenzó a retraerse lentamente, de nuevo por mis poros, alojándose en la médula de mis instintos. Agazapada y alerta, como una pantera que se funde con la noche, segura de que la selva, por fin, le pertenece.
Creo que por eso cuando me incliné para recoger mi abrigo del suelo y un nuevo hombre me observó más de la cuenta, lo miré fijo, con la certeza de quien guarda un secreto atómico bajo la ropa, porque aunque Latinoamérica seguía siendo la misma selva de concreto y sombras, yo acababa de convertirme en el peligro que siempre me rodeó.
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