Milagros
7/7/20162 min read
Ahí estaban. Hormigas abriéndose camino entre el concreto para llegar a casa.
Tuve una semana de mierda, una mañana de mierda, me sentí terrible. Y aun así, a pesar de mis resistencias, decidí acoger el malestar. Sentarme y concentrarme en lo que me rodeaba el mayor tiempo posible. Me senté, me senté y me senté. Hasta que de pronto me di cuenta de que el desgano en mi interior se desvanecía. La felicidad llegaba. Así nada más. Afuera nada cambió. Todavía estaba en pijama, tomando el café en el jardín de la misma casa en la que desperté. Pero adentro..., adentro algo se sentía distinto. Antes de que supiera por qué experimenté el impulso para levantar el trasero del suelo y grabar videos para mi canal de Youtube. Limpié mi cuarto, lavé mi ropa. Y me encontré con un milagro de la naturaleza: hormigas rojas, cargando grandes porciones de algo parecido a material orgánico verde, moviéndose en el caliente concreto de mi techo intentando llegar a su casa. Eso es la vida real. Desperté sientiendome terrible y esa sensación pudo haberme acompañado todo el día. Pero no fue así. Acepté el malestar, me senté con él, lo sentí y todo cambió. Después de llenar mis pulmones de aire, hice todo lo que tenía planeado en mi agenda para hoy y algo más. La diferencia fue que le permití a ese impulso productivo surgir naturalmente.
Cada vez que despierto con mal humor estoy tan acostumbrada a obligarme a ir al tapete de yoga y fugarme trabajando en mi lista de pendientes. Pero el punto sobre esquivar los días malos es que la mierda tiene que irse a algún lado. Es frecuente que las personas que vivimos con trastorno límite de personalidad y trastornos alimenticios nos sintamos mal, con o sin razón evidente, y al ignorar el malestar forzamos a esa energía negativa a permanecer en nuestros cuerpos. Porque, ¿a dónde más podría ir? Al final, nos consumimos por ella. Nos deprimimos. Enfermamos. Y nos sentimos faltos de energía.
Cada día comprendo más que lo mejor que puedo hacer para dejar atrás la incomodidad es sentirla. Visualizarla como olas de mar, soltar mi cuerpo, flotar con ellas y dejarlas pasar. Sin duda, harán temblar nuestro mundo por momentos, pero si nos resistimos y nadamos contra corriente, será más probable que quedemos exhaustos y nos terminemos ahogando. Es decir, permitirnos sentir y entregarnos plenamente, finalmente hará que no tengamos más remedio que movernos a través de la emoción, y a la subida y bajada que viene con ella.
La vida es para ser vivida. Experimentarla. Sentirla. No esquivarla. Y quien sabe... Al final de la ola podríamos estar preparados para contemplar los milagros del universo.
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