—¡Qué va! —contestó—. Tengo veintinueve. ¿Y tú?
Dudé. Lo hice porque aunque ya no era un niño, le llevaba ocho años. El abismo no era generacional, pero en mi cabeza, ocho años era tiempo suficiente para que él siguiera creyendo en la profecía de los finales felices mientras yo reconstruía mi vida sobre los escombros de las ediciones pasadas.
—Treinta y siete —respondí, y me sentí absurdamente aliviada cuando sus amigas se asomaron por la puerta para decirles que se habían perdido la canción por andar en el chisme. No era un escape, sino una retirada táctica. Si él reaccionaba con una mirada de compasión o un «¡Ah, mira tú!», mi corazón recién envuelto probablemente colapsaría por la presión del aire.
Pero Sebastián no hizo nada de eso. Mantuvo la sonrisa, esa que le marcaba las líneas de expresión alrededor de sus ojos rasgados, que me miraban con una curiosidad que no tenía filtro.
—¿En serio? —dijo, dando una calada a su cigarro y exhalando el humo lentamente que me hizo poner la vista sobre sus labios—. Pues, no lo pareces.
El comentario no me tomó por sorpresa, porque no era la primera vez que me decían algo así, pero la forma en que lo dijo, con esa cadencia pausada, su mirada fija y la misma despreocupación con la que se habla del clima, hizo que se sintiera como si la edad fuera solo un número.
Es decir, no es que antes de él, no estuviera dispuesta a lanzar la moneda, a apostarle al amor, claro que sí, de lo contrario no hubiera dado el primer paso. Sin embargo, lo hice con mi chaleco antibalas, por el miedo a salir lastimada. Y aunque al final, el dolor fue inevitable, ya no lo traigo puesto, ni siquiera lo guardé por si acaso lo vuelvo a necesitar. Simplemente lo tiré a la basura porque lo que encontré en esos días compartidos fue una intensidad que no conocía. No fue un romance lento y cauteloso; fue un estallido de color, un verano condensado en el otoño de mi vida. Nuestra conexión fue inmediata, profunda y maravillosamente libre de expectativas a largo plazo.
Tal vez fue la diferencia de edad, o el hecho de que ambos sabíamos, de alguna manera tácita, que nuestros caminos estaban diseñados para ser paralelos, no convergentes. Eso nos permitió vivir el momento con una honestidad brutal. No hubo juegos, ni la danza agotadora de preguntarnos: ¿A dónde vamos? Solo hubo risas, pasión desbocada en su auto, largas conversaciones nocturnas sobre el significado de las constelaciones, cenas con cerveza fría y la sensación constante de que cada minuto juntos era un regalo que duró lo que tenía que durar. Ni más, ni menos.
—Gracias.
Me di cuenta de que había estado conteniendo la respiración, esperando un juicio que no llegó, y el aire que inhalé se sintió dulce y un poco peligroso.
Sus amigas los llamaron de nuevo, esta vez con más insistencia. Diego, el que parecía tener al conejo de Alicia al mando de sus palabras, le puso una mano en el hombro, recordándole que había una fiesta esperándolos adentro, y él asintió, pero no se movió de inmediato. Mantuvo sus ojos en los míos, como si estuviera sopesando la posibilidad de quedarse un poco más o de marcharse. Sentí la urgencia silenciosa de mi corazón burbujeante de pedirle que se quedara, pero en lugar de eso, mi prima y yo también volvimos dentro.
Hacerlo fue un acto de cobardía calculado. Una retirada limpia antes de que el plástico burbuja se dañara por completo. Me senté a la mesa y tomé otra cerveza, pero el sabor ya no era el mismo. El karaoke, que horas antes había sido un plan de fin de semana más, ahora se sentía como el filo de un precipicio, sobre el que mi corazón se asomaba con una imprudencia que me daban ganas de gritarle que no fuera idiota.
El resto de la noche yo intenté con todas mis fuerzas no mirarlo y aferrarme a las bromas que hacían mis primas y mi hermana sobre la pésima elección de ropa interior que había hecho antes de salir de casa, pero mis antenitas estaban calibradas solo para captar el movimiento de la mesa de enfrente. Pude ver, a través del hombro de una de mis primas, cómo Sebastián se reía, cómo inclinaba la cabeza al escuchar a sus amigos, cómo se tocaba el puente de sus gafas con un gesto nervioso que me pareció inexplicablemente cautivador. Y en algún momento, mientras el ambiente pasaba de las baladas a un pop ochentero, una voz en mi cabeza que sonaba sospechosamente parecida a la de mi padre dándome un consejo que nunca pedí, susurró: «¿De verdad no vas a hacer nada?». Y por hacer algo no se refería a que me levantara a bailar el Footloose con la misma energía desquiciada de mi perro cuando me ve coger la correa para sacarlo a pasear. Se refería a no dejar pasar la oportunidad. Después de todo, el propósito de ese plástico burbuja no era evitar que me fijara en nadie, sino que nadie me dañara. Y aunque dar un paso hacia él no necesariamente significaba daño, si me podía acercar un poco más al amor, y eso, para mí, era mucho más peligroso.
Cuando la noche alcanzó un punto álgido, con las luces cálidas de las guirnaldas dibujando sombras en los rostros de todos los presentes que bebíamos y reíamos a descaro, Rodolfo, el capitán de meseros del karaoke, anunció el turno de nuestra mesa para una nueva ronda de canciones. Lo recuerdo bien porque había llegado la hora de cantar una de las canciones que yo elegí, nada más y nada menos que «Opalite» de Taylor Swift. Una melodía que, sin saberlo, se convertiría en nuestra canción, porque en una de nuestras conversaciones que tuvieron lugar a la mañana siguiente, me confesó que haberla escuchado esa noche se sintió como una señal del universo, pues esa tarde la había escuchado varias veces mientras conducía. Y yo, que no creo en las coincidencias, no pude estar más de acuerdo. Claro que, en ese momento yo no lo sabía, así que solo subí dispuesta a honrar esa comparación del amor con una piedra semipreciosa que te deslumbra por completo y vuelve tus días un crisol multicolor.
Tomé el micrófono, sintiendo el frío metálico en la palma de mi mano. Por un momento, el ruido del lugar se atenuó. Todo mi foco se centró en la letra que se deslizaba en la pantalla y en la vibración inconstante de mi propia voz. Estaba cantando sobre la belleza frágil e iridiscente de algo que yo misma me había convencido de que era insostenible por mucho tiempo. Cantaba sobre la esperanza de estar equivocada. De la ilusión de volverme a sentir así algún día. Y mientras lo hacía, mis ojos viajaron, casi por inercia, a la silueta de Sebastián. Le daba ligeramente la espalda a sus amigos mientras su manzana de Adán subía y bajaba conforme le salía la voz. Estaba cantando. Lo hacía conmigo. Ese fue mi momento. El instante preciso en el que el miedo a arrepentirme superó mi miedo a ser vulnerable, miedo que se transformó en pánico al ver que uno de los meseros se acercó a su mesa para entregarles la cuenta.
Cuando la canción terminó y él aprovechó para ir al baño, yo me bajé del escenario y fui tras él, sin tener idea de que estaba a punto de caminar directo hacia el borde de un nuevo dolor.
Yo creía que solo iba a buscar el sabor de sus labios.
No sabía que en realidad estaba entrando a una historia que me obligaría a hacer las cosas distinto y que, después de tres semanas, me enseñaría que no todo tiene que durar para siempre para ser mágico. Porque sí, veinticinco días fue el tiempo que Sebastián necesitó para suavizar mi corazón; ese que tras incontables desilusiones, volvió a la vida. A latir. Y a entender que, sin importar cuántas veces se rompa, el riesgo siempre merece la pena, por la mera posibilidad.
Sebastián no intentó reventar las burbujas; él simplemente las hizo estallar con su presencia, suavemente, con la naturalidad con la que el sol derrite el hielo. Lo hizo al escucharme sin juzgar, al ver mi edad no como un muro, sino como el testimonio de las historias que me habían traído hasta él. Lo hizo cuando, el final llegó con la misma honestidad con la que había comenzado. Fue durante la tercera semana, una mañana tranquila de viernes, mientras abría su corazón como una flor al llegar la primavera. Él tenía un plan que ya existía antes de que nuestros ojos se cruzaran en el karaoke. No fue un drama, no hubo recriminaciones. Solo la tristeza limpia de saber que algo hermoso terminaba, pero con la certeza de que había valido cada segundo. Porque Sbastián me enseñó a respirar de nuevo, y no, no lo digo como una hipérbole. Él me recordó que la vida no es un ensayo y que hay que vivirla ahora.
El dolor fue inevitable, sí. Al separarnos, sentí el pellizco familiar de la pérdida, pero esta vez, no se sintió como una nueva herida, sino como la cicatrización de una vieja. El plástico burbuja no se desvaneció para dejarme desprotegida; lo hizo para liberar mi capacidad de sentir. Con él entendí que la vulnerabilidad no es debilidad; es la única puerta de entrada a lo que realmente importa. Y la desilusión no es el enemigo; es simplemente el precio de haber comprado un boleto para un viaje inolvidable.
Ahora, días después, no hay reproche. Solo un recuerdo cálido. Cada vez que escucho «Opalite», no siento la punzada de algo que se perdió, sino la gratitud por algo que existió. Mi corazón está desnudo de nuevo, sin la capa protectora. Y aunque no sé lo que traerá el mañana, ya no le tengo miedo a lo que pueda pasar. Porque ahora sé que cada riesgo también arrastra la posibilidad de la magia. Y yo estoy lista para ella.


