Punto y aparte

ESTO DE VIVIR

12/19/202511 min read

La vida está llena de puntos y aparte. Y hoy, después de diez años de caminar de la mano con mi dolor y tres años de sostenerlo en voz alta en un círculo de sillas de plástico y miradas cómplices, cogí bolígrafo y papel para cerrar uno de los capítulos más importantes de mi vida.

Si hace una década alguien me hubiera dicho que este día llegaría me hubiera reído en su cara. O quizá no hubiera tenido ni siquiera la fuerza para hacerlo. Porque lo cierto es que estaba demasiado ocupada tratando de sobrevivir a mí misma, a la voz de mi cabeza que me gritaba que tenía que ser perfecta, una muñeca de porcelana, para ser digna de ser amada..., a un cuerpo que sentía ajeno y a un vacío que parecía no terminar nunca. En ese entonces mi vida era una búsqueda interminable de príncipes que me salvarían de la fe de Ofelia, un ir y venir de diagnósticos, pasillos de hospital, pulseras en la muñeca con mi nombre y la certeza silenciosa de que algo en mí estaba mal. Incluso después de haber sido de alta de mi internamiento en el Instituto Nacional de Psiquiatría, vinieron más intentos de suicidio, más caídas, más cortes, más noches en las que la idea de estar bajo tierra me parecía más amable que la de quedarme.

Y, sin embargo, me quedé.

Pero no por heroína.

Ni por fuerte.

Muchas veces simplemente por inercia, por el amor incondicional de mi familia, porque mi perro me necesitaba, por la ilusión de que tal vez, en algún lugar del futuro, existía una versión de mí que respiraría sin la constante sensación de asfixia. Hace tres años, cuando crucé la puerta de mi grupo de DBT por primera vez, no entró una mujer decidida a cambiar su vida; entró una chica jodidamente cansada, aterrorizada, mancillada por todas las veces que se puso de tapete para que los demás no se mancharan los pies, y con conductas que le robaban la paz todos los días, preguntándose si todavía valía la pena intentarlo. Lo que no sabía es que ese pequeño círculo iba a convertirse en una casa de espejos en la que aprendería a mirarme con más amor, más paciencia y a mirar mi historia desde otros ojos.

Los ojos de las chicas que se sentaban a mi lado, con sus propias cicatrices, sus propios fantasmas, sus propias ganas de rendirse y, aun así, su insistencia de seguir asistiendo, a pesar de que dolía, de que Sara, nuestra terapeuta, lamería nuestras heridas cuando fuera necesario y nos jalaría las orejas cuando los hechos lo ameritaban.

En sus voces encontré partes de mí que yo no sabía nombrar. Y en sus lágrimas, una especie de lengua que entendía sin necesidad de traducirlo todo.

Ese grupo de DBT no fue solo un montón de siglas y habilidades en un manual; fue aprender a respirar en medio del incendio. A sostener una emoción sin convertirla en sentencia. A pausar la urgencia, a regresar al cuerpo, a decir «estoy aquí» cuando mi mente quería mudarse a las películas que la casa productora de Hollywood en mi cabeza se montaba. Fue, también, aprender a pedir ayuda en lugar de recluirme en mi madriguera.

Así que hoy, al despedirme de todos ellos, no puedo evitar mirar atrás con una gratitud que me hincha el pecho de orgullo. Gratitud por Sara que me acompañó cuando mi voz temblaba. Por cada una de las personas que compartió su historia y sostuvo la mía. Por la yo de veinte años que creía que nada de lo que hacía tenía sentido y que, aun así, siguió poniendo un pie delante del otro.

Cuando digo que este momento marcó un punto y aparte y no un punto final, es porque no todo ha quedado resuelto. Porque continúo en terapia. Continúo aprendiendo a habitar mi cuerpo con menos juicio y más ternura. Sin embargo, sí cierro algo que nunca creí poder dejar atrás: el pasado. Esos diez años en los que el dolor no era una visita incómoda, sino el dueño de mi casa. Cierro la puerta a la creencia de que mi valor dependía del número en una báscula, de una restricción o de cuánto silencio podía guardar en mi propio sufrimiento. Dejo atrás la idea de que estaba «defectuosa» por necesitar un manual para aprender a sentir, y abrazo la realidad de que todos, en algún momento, necesitamos que alguien nos enseñe a sostener el hilo de nuestra existencia. Ese pasado, que antes era un ancla que me arrastraba al fondo, hoy se ha transformado en un mapa. Ya no me define lo que me rompió, sino la paciencia con la que he ido pegando los trozos.

La curación no es la ausencia de cicatrices, sino la libertad de caminar sin que duelan al moverse. Al dejar el bolígrafo sobre la mesa, entiendo que este punto y aparte es, en realidad, una promesa. Ya no camino de la mano con mi dolor; ahora el dolor es solo un pasajero que a veces se sube al asiento del copiloto, pero ya no conduce el auto. Hoy, por primera vez en una década, no miro al futuro como un campo de batalla, sino como una hoja en blanco donde mi nombre ya no está escrito en una pulsera de hospital, sino en la portada de una vida que, por fin, siento que me pertenece. Y resalto la palabra «siento», porque aunque siempre ha sido así, antes la vida parecía una propiedad que me habitaba como una inquilina asustada, en espera del aviso de desahucio de mi propia mente. Antes, mi vida me pertenecía por contrato, pero no por presencia. Hoy, ese «sentir» es físico. Es el aire llegando hasta el fondo de los pulmones sin pedir permiso. Es el peso de mis pies sobre el suelo, no como una carga, sino como una raíz.

La mayor victoria de estos tres años no ha sido alcanzar una meta de perfección —que ahora sé que es otra forma de espejismo—, sino haber recuperado la soberanía sobre mis sentidos. Ya no soy una espectadora de mi propio derrumbe. Ahora soy la arquitecta de mi calma, incluso cuando sea frágil.

Mientras el punto y aparte brilla con la tinta todavía húmeda y al otro lado del margen me espera lo desconocido, por primera vez, la incertidumbre no me parece una amenaza, sino un espacio de libertad. No sé qué voy a escribir en las próximas páginas, pero sé que la caligrafía será mía. Sé que si la mano me tiembla, tendré la paciencia de esperar a que recupere el pulso. Y sé, sobre todo, que si alguna cerilla encendida desata algún incendio, ya no intentaré apagarlo con mi propio cuerpo, porque ahora llevo conmigo el manual, el recuerdo de las personas que se sentaron conmigo en esas sillas de plástico y la certeza de que, pase lo que pase, ya sé cómo volver a casa: mi propia vida.

Sin embargo, y como este punto y aparte no ha sido un logro solitario, sino tejido por muchas manos que no me soltaron cuando yo no tenía fuerza ni para cerrar el puño, antes de dar vuelta a la página, quiero nombrar y agradecer a quienes aportaron un pedacito para este tapiz:

A mi grupo, mi «casa de los espejos»: Gracias por ser el único lugar del mundo donde no tuve que explicar mi caos porque ustedes ya hablaban mi mismo idioma. Gracias por cada validación, por cada «te entiendo» que me devolvió el aliento y por enseñarme que la vulnerabilidad no es una grieta, sino el lugar por donde entra la luz. En sus historias encontré el permiso que no me daba a mí misma para ser humana.

A las personas que participaron conmigo: Gracias por sentarse en esas sillas de plástico semana tras semana. Gracias por mostrarme que el camino hacia una vida mejor es menos pesado cuando se camina en compañía. Me llevo un trocito de ustedes en mi mochila; sus avances fueron mi esperanza y sus caídas, mi recordatorio de que siempre se puede volver a empezar.

A mi familia, mi puerto seguro: Gracias por el amor. Por no rendirse cuando yo ya lo había hecho. Por aprender a quererme no como querían que fuera, sino como yo necesitaba ser querida. Gracias por mantener la puerta abierta mientras yo permanecía perdida sin saber que un día buscaría el camino de regreso, y por ser el recordatorio constante de que había una vida esperándome fuera de los pasillos blancos.

A mi perro: Por ser mi ancla de realidad. Por quererme sin juicios, sin diagnósticos y sin condiciones. Por cada paseo y lanzamiento de pelota que me obligó a salir de mi mente y dar un salto al mundo físico.

A mis amigas: Por ser el puente entre la chica que fui y la mujer que soy ahora. Gracias por no mirar a otro lado cuando mi tristeza era incómoda y por seguir invitándome a la vida incluso cuando yo solo enviaba mi ausencia por respuesta. Gracias por recordarme que hay un mundo de risas, de cafés fríos y de planes absurdos que nada tiene que ver con escalas de valores o manuales de supervivencia. Ustedes fueron, son y seguirán siendo el recordatorio de que, bajo las capas de oscuridad, seguía existiendo una persona que merece ser amada.

Y, finalmente, a mí misma: A la que sobrevivió a las pastillas, a los errores, a las decepciones, a la violencia, y a la que hoy sostiene el bolígrafo. Me pido perdón por los años de guerra y me doy las gracias por la terquedad de seguir respirando. Gracias por no haberte rendido, incluso cuando te odiabas tanto que no podías ni mirarte al espejo. Hoy te miro y ya no veo algo roto; veo a alguien que se ama tal y cómo es. Con sueños y las ganas de volverlos realidad.

Hoy, al concluir este capítulo, el clic del bolígrafo suena como un pestillo que se abre, no uno que se cierra. Al levantarme de esta silla, no dejo atrás mi historia, porque mi historia es el suelo que piso. Sin embargo, sí dejo atrás la obligación de sufrir y sentir vergüenza por ella.

A las personas que se quedan en ese círculo esperando su momento de encontrar su brújula quiero decirles que la espera no es tiempo perdido, es tiempo de siembra. Quiero decirles que no se castiguen si hoy sienten que el manual pesa demasiado o si las habilidades se les olvidan cuando el incendio se sale de control. La recuperación no es una línea que apunta al cielo, sino un espiral que a veces nos hace pasar por el mismo sitio con una perspectiva distinta. No están fallando por necesitar ayuda; están ganando al pedirla. Miren a la persona que tienen al lado. Mírenla de verdad. En esos ojos hay más que el recordatorio silencioso de que nadie se salva solo y que nadie puede hacer el trabajo por ti. En esos ojos están ustedes, las personas que fueron y las que pueden llegar a ser. Luchen por la versión de ustedes que aún no conocen, pero que ya las está esperando al final de este camino. Porque un día, sin que se den cuenta, dejarán de contar los días que llevan «bien» y empezarán simplemente a vivir los días que tienen por delante. La puerta por la que hoy salgo seguirá abierta para todas ustedes. Pero por favor no se apresuren, tampoco se detengan. El mundo de afuera nunca dejará de girar ni de enseñarles los dientes, lo importante es pulir sus propios colmillos. Que no sean víctimas de las circunstancias, sino dueñas de su respuesta. Que cuando el mundo les exija perfección, ustedes le devuelvan presencia. Que si la báscula intenta negociar su valor, recuerden que su peso no se mide en kilos, sino en la profundidad de sus vínculos y en la fuerza de su aliento. Que si la mente les monta una película de terror, tengan la calma de encender las luces y verse ahí, sentadas, reales, respirando. Que si el vacío vuelve a susurrar que no son suficientes, aprendan a no contestarle con silencio, sino con la voz que hoy están entrenando en ese círculo. Que entiendan que cuidarse es un acto de rebeldía contra todo lo que un día les dijo que no merecían existir. Que aprendan a saborear la comida no como un enemigo ni un escape, sino como el combustible de su libertad; a habitar sus piernas no por cómo se ven, sino por los lugares a los que pueden llevarlas; y a mirar sus cicatrices no como recordatorios de sus derrotas, sino como las medallas de una guerra que un día llegará a su fin.

Y a ti, que quizá me lees desde la soledad que no viene de la ausencia de presencias a tu alrededor, sino de aquella de la incompresión, de la falta de apoyo y puertas que cruzar... Quiero que sepas que no eres un error. Tampoco eres una pieza que sobra en un rompecabezas completo. Eres una historia que todavía está siendo escrita, y aunque ahora mismo sientas que te han entregado un guion que no entiendes, recuerda que tienes derecho a ignorar los diálogos que otros escribieron para ti. A ti, que sientes que el mundo es un lugar demasiado punzante y cruel, quiero pedirte que no dejes que su filo trace callos en tu corazón. Tu sensibilidad no es una debilidad, sino una brújula que todavía está buscando el norte. No te desesperes si no encuentras tu refugio a la primera; a veces el primer lugar seguro que uno debe construir es el espacio que hay entre tus propios pensamientos. Empieza por ahí. Por hablarte con la misma piedad y ternura con la que le hablarías a alguien que amas. Y si hoy no puedes ver la luz entre las nubes, no te obligues a buscarla. Limítate a cuidar de tus pies mientras caminas o simplemente mientras te sostienes. Bebe agua, respira, sobrevive una hora más. A veces, la mayor victoria del día es simplemente haber llegado a la noche. Recuerda que no necesitas ser un guerrero todos los días; hay momentos en los que ser humano es suficiente.

Sin embargo, y si no es demasiado, me gustaría pedirte que busques ayuda. Búscala hasta que la encuentres, porque en algún lugar hay una mano, un libro, un perro o una tribu que habla tu idioma. No le des la espalda a la vida, solo porque ella te la ha dado a ti. A menudo, el mundo no nos ve porque nosotros mismos hemos aprendido a hacernos invisibles para protegernos. Abrirse a la vida es un deporte de alto riesgo, sí, pero te aseguro que vale toda la jodida pena del mundo. Cada lágrima que humedece tus almohadas antes de dormir. Cada caída que te hace desear nunca volver a levantarte. Cada mañana en la que el simple acto de cepillarte el pelo se siente como escalar el Everest. Cada tarde en la que el silencio de la casa pese más que el plomo y te obligue a inventarte motivos para no desaparecer. Cada vez que elijas no lastimarte, aunque el impulso te queme como ácido en las venas. Cada noche en la que, en lugar de castigarte por tus errores, te arropes como a un niño que ha tenido una pesadilla... Te aseguro que vale la maldita pena, porque llegará un punto en el que los fantasmas de tu pasado ya no tendrán voz para gritarte, solo historias que contarte. Llegará un día en que mirarás tus manos y no verás herramientas de destrucción, sino las manos de un artesano que supo reconstruir su propio templo.

La prueba está aquí. Mientras me ajusto el abrigo y salgo a la calle sin aplausos, ni alfombras rojas, ni una música que anuncie el final de la película. Solo con el ruido del tráfico, el frío de la noche y la maravillosa, increíble y sencilla libertad de no tener que ser otra persona. En este punto y aparte que es el comienzo del libro que siempre quise escribir. Y que, por primera vez, no tengo prisa por saber cómo termina. Porque me basta con saber que, por fin, estoy lista para escribir la primera palabra del resto de mi vida.