Tears in a bottle
APUNTES
8/21/20265 min read


El otro día escuché esta frase: «Te amo, pero ya no confío en ti». Y mientras la persona que la pronunció se fue quedando atrás conforme yo seguía mi camino, sus palabras se quedaron conmigo. Al principio no entendía por qué. Qué importancia había en ellas para que mi mente, aficionada a desmenuzar los misterios del mundo, comprendiera la fuerza de gravedad que me mantenía orbitando a su alrededor..., pero hoy, en medio de un proceso complicado de aceptación y transformación, me doy cuenta de que la razón es que toda mi vida pensé que el amor y la confianza eran..., bueno, no lo mismo, pero si dos amigas inseparables que caminaban de la mano. Que para amar tenía que confiar. Porque el hecho de que amar y confiar pudieran ir por caminos separados me parecía una completa locura, una contradicción, un error de diseño en las reglas del juego. Pero como la vida nunca pierde la oportunidad de desarmar nuestras certezas más cómodas, al fin puedo entender que arder de amor por una persona no es lo mismo que tener los ojos cerrados a su verdadera naturaleza, y más cuando no te hace sentir seguro.
Es una revelación dolorosa y un tanto desgarradora, aceptar que el afecto no inmuniza contra la desilusión. Probablemente porque desde que venimos al mundo se nos ha vendido la idea de que el amor incondicional exige una fe ciega y sacrificio silencioso de nuestra propia cordura, como si dudar equivaliera a sabotear el sentimiento. A ser mal agradecidos. Y a convertirnos en una especie de traidores, porque dejar de creer que el verdadero amor todo lo perdona, todo lo tolera y, sobre todo, todo lo justifica, borra la línea entre la devoción al otro y la negligencia hacia uno mismo.
Y es ahí, justo en el medio de ese terreno pantanoso, donde el vínculo se vuelve un laberinto. Porque cuando la tormenta amaina, es imposible no reconocer el destello de todo lo que alguna vez fue bonito, dejándote atrapada entre los recuerdos más cálidos y el cálculo fríó del día después.
Amar con la intensidad de todo lo que puede dar tu corazón, mientras otra parte de ti ya abrió los ojos ante la realidad de que cualquier cosa que digas o hagas puede ser usada en tu contra, no solo duele demasiado (ojalá fuera tan simple como tener que respirar profundo antes de permitir que la ola pase). No. Lo verdaderamente jodido es que te confunde a un grado en el que comienzas a dudar de ti mismo y de tu propia percepción. ¿Y acaso hay alguna tragedia más grande que perder la seguridad en uno mismo?
Cuando uno es ciego a la realidad de que amar y confiar no es lo mismo, se corre el riesgo de seguir intentando descifrar el punto exacto donde la frontera entre el cuidado y el control comenzó a desdibujarse. Y lo más agotador de ese tipo de dinámicas no es el caos estridente que hace ruido y deja testigos, sino la quietud calculada, solitaria y silenciosa con la que uno se va haciendo pequeño, midiendo las palabras, ensayando disculpas por todas esas veces que el problema fue tu reacción y no la causa, y culpándote por haber pensado, siquiera por un segundo, que merecías algo distinto. Es una demolición tan arrolladora que cuando quieres acordarte de quién eras antes, te das cuenta de que los cimientos ya no están. Acostumbrándote a vivir en un estado de sitio permanente, mientras normalizas la idea de que el amor es una prueba de resistencia que debes ganar a toda costa, pensando que los buenos momentos justifican los malos. Y a veces, a que la importancia del vínculo pesa más que el respeto.
Pero nadie, repito: NADIE, debería convertirse en una superviviente dentro de su propia historia de amor, sin importar su naturaleza.
Ya lo dijo Taylor Swift: La vida es emocionalmente abusiva.
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La gente madura elige paz. La gente sana elige amor. La gente de alto valor elige estándares. La gente exitosa elige la acción. La gente magnética elige el desapego. Sin embargo, yo he pasado años eligiendo el caos. Pensando que el amor es algo que se gana. Que los límites son faltas de respeto. Que elegirte es egoísta. Afortunadamente, ya no quiero ser esa persona. Al fin entiendo que la lealtad a uno mismo no se negocia, y aunque me aterra que las cosas se desmoronen si el precio de sostenerlas es mi propia paz. Quiero creer. No. No quiero. Eligo creer, que la puerta de salida siempre está abierta para quien decide dejar de vivir en guerra.
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El otro día hablaba con una persona sumamente importante para mí. Y mientras sus palabras se deslizaban dentro de mis oídos con esa tranquilidad que tanto lo caracteriza y me hace sentir tan segura, bajando toda guardia, no pude evitar pensar en lo difícil que es para alguien que no ha vivido abuso ni violencia constante, entender a alguien que sí lo ha hecho.
Ponerse en la piel de un sobreviviente no es una tarea sencilla, porque para hacerlo se requiere descender a un territorio que desafía la lógica que ha conocido toda su vida. Imaginar que alguien con cara de ángel puede ser el mismo diablo en persona. Y creer en monstruos de los que solamente escuchó en cuentos de hadas.
Para alguien que camina por la vida con la seguridad de quien jamás ha tenido que dudar de su propia percepción, la relación entre víctima y agresor parece un problema simple de causa y efecto. Desde afuera, el entendimiento de tal dinámica es demasiado difícil, casi imposible porque pretenden que señales el momento exacto en el que todo se torció cuando en realidad no ocurre de la noche a la mañana ni con un solo giro. Ocurre con una erosión de años entre días de primavera y noches de invierno, que te hacían justificar el frío como una etapa necesaria para merecer las caricias del sol. Y señalar el momento exacto en el que todo se fue al garete, como si la coerción se presentara con un aviso de desalojo y no envuelta en papel de regalo, es practicamente imposible.
Entender que el engranaje del abuso es perfecto precisamente porque opera desde el encanto inicial, el cuidado y el espejismo de que el refugio que tanto buscas está a solo un paso de distancia, es un lujo que los ajenos a este dolor no se pueden permitir. Porque para ellos, el mundo es un lugar donde las señales de riesgo son claras y las puertas se cierran cuando alguien pretende entrar con intenciones oscuras. No entienden que el verdadero peligro no derriba la puerta a patadas, sino que se desliza con una sonrisa, te ofrece una taza de té caliente y ahueca las almohadas con las que, más tarde, intentará asfixiarte.
Y no lo digo desde la rabia ni la envidia, sino simplemente con la esperanza de que se nos de el beneficio de la duda, porque si algo nos ha sido arrebatado es precisamente eso: la certeza de saber que la voz propia dice la verdad. Déjenos el resto a nosotros.
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